¿ El Amor Apesta?

21 | Soledad.

Alexander Gil.

Tres semanas después...

Confieso que me he sentido solo. Confieso que he sentido que todo se acaba. Confieso que quería que mi vida se acabará en aquel accidente. Confieso que he tratado de ser fuerte

Confieso que he extrañado a Sofia más de lo que debo, porque yo sé que ella es fuerte, yo sé que ella podrá lograr superar esto, porque ella ha superado muchas más cosas peores.

Tres costillas fracturadas, fueron las consecuencias del accidente. Fui un milagro por lo que llegaron a comentar los doctores. Y aunque ya esté mejor, aún sigo sintiendo aquel dolor en mi pecho. Dolor que jamás podré quitar.

La ausencia de Sofía me afecta, no la veo, no hemos estado en contacto y por lo que me dijo Iker sé que no tiene acceso a aparatos móviles. Nadie sabe nada de ella, solamente Emilio que la va a ver cada fin de semana, pero nunca dice algo o nos informa algo acerca de su hija.

Cuando me dieron de alta, me sorprendí cuando no hubo cargos en mi contra, me sentí mal y más cuando me enteré de que todos los cargos habían caído en la mujer que iba en ese mismo automóvil, porque, al parecer, mientras ellos iban en el viaje, iban discutiendo. La niña que los acompañaba lamentablemente había perdido la vida.

Definitivamente, mi estupidez había arrasado con más personas que no estaban involucradas, me sentía como una mierda. La mierda más grande del mundo.

Mamá entra a mi habitación, la observo y ella me observa de pie a través del espejo. Su rostro se desfigura y corre hacia mí, haciendo que entre en la cama de nuevo, colocándome el cobertor encima de mí.

Año nuevo lo pasé postrado en mi cama, mientras observaba como es que los juegos artificiales iluminaban toda mi habitación. Aquella noche la sentí la más triste desde lo que pasó con mi abuelo. La cuenta hacia atrás no la di con mi familia, no había convivido con nadie en ninguna hora del día.

Extrañaba a Sofía. Lo hacía.

— ¿Sabes algo de Sofía?— le pregunto a mi madre, mientras deja las cosas que comeré en la mesita de noche. Sé que sabe algo de ella, lo sé porque Sofía es su paciente. Ella duda por un momento, pero no cede.

— No— se limita a contestar.

— Mamá...

— Alexander, basta— ordena. Suspiro y observo como es que se encamina hacia la salida de mi habitación.

— ¿No me darás de comer? Tengo las costillas fracturadas— le reclamo, antes de que cruce el umbral de la puerta. Ella se detiene y me observa sobre su hombro, me dirá que no.

— Tú puedes solo...

Lo sabía.

Aparto el cobertor de mala gana y cojeo— ya qué me duele la rodilla— hasta la mesita de noche, acerco una silla y me siento para poder comer tranquilo. Observo la televisión mientras le doy un bocadillo a mi paella.

Mi teléfono vibra, pero no le hago mucho caso, en los últimos días los mensajes solamente son de compañeros de clase mandando los trabajos que dejan los profesores. Los mandan como si yo de verdad los hiciera. No tengo humor y mucho menos tengo las ganas de hacerlo, es que simplemente me aburro realizándolo, bueno, es que no puedo dejar de pensar en cierta persona, persona que no deja que me concentré en mis deberes.

Izan e Iker entran a mi habitación como Pedro por su casa, los observo con el ceño fruncido mientras detengo el video que estoy observando. Ambos se detienen y dejan mis libretas en mi escritorio. Izan observa el cómo estoy sentado y se encoge de hombros.

Se ve mal, se ve como en aquellos tiempos en los que consumía aquellas sustancias, pero como un fiel Gil, no dice nada, solo parece zombi por toda la casa.

— ¿Estás bien?— pregunta mientras se acomoda la corbata que trae puesta. Está tomando sus prácticas de Ingeniera Mecánica, cerca de la casa, por lo cual, aún sigue viviendo en el mismo techo que yo.

— Sí, gracias— asiente con la cabeza.

— Por cierto— dice antes de salir—. Javier y mamá saldrán, cualquier cosa llama a Noa, no a mí, por favor, estaré en una reunión. ¿bien?

— Queda más que claro que el agua, Izan.

— ¿Te quedas, Iker?— le pregunta a su amigo. Iker me observa y acepta quedarse.

Izan sale de mi habitación, volviendo a acomodarse la corbata sobre el cuello, le molesta, él nunca fue de ocupar trajes en los eventos importantes, siempre era algo casual.

Iker no dice nada y yo solo me ocupo de terminar de comer lo poco que tengo en el plato, él se acomoda en mi cama, acostándose, sintiéndose como si fuera su casa, porque hasta coloca los brazos detrás de su cabeza. Lo sé porque lo observo por el espejo.

— ¿Cómodo, Iker?— lo molesto.

— Más que cómodo...

Y el silencio vuelve a reinar entre nosotros. Yo termino de comer y él solo se concentra en la televisión. Es como si ambos quisiéramos sacar el tema, pero ninguno sabe cómo decirlo sin que el otro se sienta mal.

Mamá viene a despedirse y avisa que Izan ya se ha ido. Recoge mi plato y limpia la mesa de noche. Iker me ayuda a ir hacia mi cama y, al igual que mamá, me acomoda el cobertor.

Toma la silla que está cerca de la puerta y la coloca a lado de la cama para sentarse y estar cerca de mí. Suspira.

— ¿Has hablado con Sofía?— hablo yo primero. Rompiendo aquella tensión que él estaba empezando a formar.

— De eso quería hablar...

— Habla.

— Quiere verte este fin de semana, quiere que vayas— voy a hablar, pero él lo hace primero—. No sabemos el por qué, solo sabemos que quiere pasar el rato contigo, ya sabes cómo son las mujeres. ¿Quieres ir?

— ¿Crees que estoy en condiciones de ir? — le pregunto con tristeza, pues desde hace mucho he querido ver a Sofía, abrazarla, cantarle y decirle lo mucho que la he extrañado en estas últimas tres semanas.

— Yo digo que sí, ya puedes— se rasca la cabeza, nervioso, mientras dibuja una pequeña sonrisa.




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