Lo conocí por redes sociales, y fue tan random porque aunque conocíamos a personas cercana nunca habíamos coincidido hay supe que era el
Destino de Dios como se conocen ahora las cosas importantes:
sin intención, sin estrategia, sin saber que algo iba a doler tanto después.
Yo subí una historia cualquiera y él la respondió.
Nada extraordinario.
Solo palabras suaves, curiosas, un interés que no empujaba pero tampoco se iba.
Nos vimos el mismo día. No hubo espera, ni misterio.
Tal vez por eso fue tan real.
Me llevó a comer un raspado.
Todavía me parece increíble que esa fuera la cita.
Un raspado.
Infantil, simple, inesperado.
Yo, que conozco todos los lugares de dulces de la ciudad como si fueran templos,
me sentí vista sin que él supiera cómo hacerlo.
No sabía que me gustaba el dulce,
pero me llevó a un lugar que me hacía feliz.
Llegó en su carro con una muleta.
Tenía la rodilla rota.
Me pareció tan tierno que todavía hoy me duele recordarlo.
Cuando lo vi, pensé que tenía una cara amable,
unos ojos que no gritaban,
unas cejas perfectas y una mirada que no pedía nada,
solo estaba ahí.
Yo llevaba una blusa amarilla, jeans, tenis blancos y un bolso negro.
Él llevaba bermuda, suéter… y la muleta.
Parecíamos dos personas que no sabían que ese día iba a quedarse guardado para siempre.
Después del raspado me llevó a mi casa.
Y desde ese día, empezamos a hablar.
Me escribía todos los días.
Me recogía en el gimnasio.
Era atento, constante, presente.
Yo también lo era.
Hasta que un día no.
Viajó a un concierto a Valledupar.
Yo tenía un compromiso y no pude ir.
Fueron tres días de ausencia.
Tres días en los que algo en mí se inquietó.
Vi sus historias con amigas.
Las subía, las borraba, las volvía a subir.
Una, dos, tres veces.
Cinco veces.
Yo sentía que, aunque no éramos nada oficialmente,
yo era la persona que estaba ahí.
Y algo se me rompió sin hacer ruido.
No lo supe decir bien.
Me enfrié.
Las cosas se acabaron mal.
Un día respondí con rabia, lo bloqueé
y no volvimos a hablar.
Seis meses.
Seis meses en los que pensé que había cerrado el capítulo,
hasta que no.
El sentimiento volvió.
Pero volvió distinto:
más maduro, más consciente, más lleno de amor.
Yo sabía que no iba a ser fácil.
Sabía que había heridas.
Pero también sabía que me moría de ganas de volver a tocarlo,
de volver a sentirlo cerca,
de intentar hacerlo bien esta vez.
En diciembre reuní valor.
Le respondí una historia.
Le dije que se veía tierno en una foto de niño.
Y hablamos.
Yo estaba abierta.
Él estaba frío.
Yo proponía vernos.
Él decía “hoy”, “mañana”.
Nunca llamaba.
Hasta que el 25 de diciembre, en la noche, sonó el teléfono.
—Hoy sí quiero verte —dijo.
Y yo, con el corazón lleno de esperanza,
creí que el amor también se arreglaba con el cuerpo.
Esa noche estuvimos juntos.
El 26 le escribí.
Nunca respondió.
Ahí mi corazón se partió en mil pedazos.
Me dolía amar a alguien que yo seguía viendo tierno,
pero que no podía —o no quería—
darle a mi corazón lo que necesitaba.
Durante esos seis meses yo no había dejado de pensar en él.
En cómo acercarme.
En cómo pedir perdón.
En cómo hacerlo funcionar.
Hoy no hay respuestas.
Solo estados que a veces veo,
sonrisas que no me pertenecen.
Y aunque duele,
hoy entiendo algo:
Hay que hacerle caso al amor cuando toca la puerta.
Porque no siempre vuelve a tocar.
Desde mi ausencia lo miro.
Desde su ausencia lo respeto.
Le pido a Dios que lo ilumine
y que sea feliz.
Porque esa sensación infantil del primer día,
ese raspado,
esa ternura,
nadie más la ha vuelto a despertar en mi corazón.
-Nicol Maury