La ausencia no llega de golpe.
No es una puerta que se cierra ni una despedida clara.
La ausencia llega despacio, como un mensaje que no se responde,
como un “después hablamos” que se queda suspendido en el aire.
Después de aquel 26 de diciembre, el silencio fue absoluto.
No hubo pelea.
No hubo explicación.
No hubo un “ya no quiero”.
Solo nada.
Y el nada duele más que cualquier palabra.
Al principio me dije que estaba ocupado,
que tal vez necesitaba tiempo,
que quizá no sabía cómo decir lo que sentía.
Me aferré a excusas que no me había pedido,
porque aceptar la verdad era aceptar que yo había quedado sola
con todo lo que sentía.
Esperé.
Esperé como se espera cuando una cree que el amor todavía está del otro lado.
Revisé el teléfono más veces de las que puedo admitir.
Inventé escenarios donde él escribía,
donde se daba cuenta,
donde entendía que yo no había dejado de quererlo.
Pero el silencio no se rompió.
Empezó entonces ese diálogo interno que cansa el alma:
—¿Hice algo mal?
—¿Dije demasiado?
—¿Esperé demasiado?
—¿Amé más de lo que debía?
La ausencia tiene esa crueldad:
te obliga a hablar contigo misma
hasta que ya no sabes si te estás consolando
o castigando.
Lo veía en historias.
A veces feliz.
A veces rodeado de gente.
Y cada imagen era una confirmación silenciosa
de que la vida seguía para él,
mientras la mía parecía haberse quedado detenida
en una noche de diciembre.
No era celos exactamente.
Era duelo.
Duelo por lo que no fue,
por lo que pudo haber sido distinto
si hubiéramos llegado al mismo tiempo emocional.
Me dolía pensar que él creyera
que yo no lo había amado.
Porque si algo hice en esos seis meses de silencio
fue amarlo en ausencia,
en pensamiento,
en intención.
Yo no estaba jugando.
Yo estaba aprendiendo.
Aprendiendo a perdonar.
Aprendiendo a nombrar mis errores.
Aprendiendo a querer sin huir.
Y aun así, no fue suficiente.
La ausencia me enseñó algo que no quería aprender:
que el amor no siempre coincide con la voluntad,
y que a veces dos personas se encuentran
cuando una todavía está llegando
y la otra ya se está yendo.
No dejé de sentir.
Pero empecé a entender.
Entender que no todo lo tierno se queda.
Que no toda conexión profunda se sostiene.
Que hay personas que despiertan algo hermoso en nosotros
solo para mostrarnos que somos capaces de sentir así.
Y aunque dolía,
muy dentro de mí empezó a crecer una idea nueva, tímida,
casi imperceptible:
Tal vez la ausencia no era un castigo.
Tal vez era una invitación.
A volver a mí