El Amor En Las Manos

LA ESPERA

La espera no se nota desde afuera.
Nadie ve a una mujer esperando.
Ven a alguien que sigue con su vida, que trabaja, que sonríe, que sale,
pero no ven ese pequeño hilo invisible que la ata
a un nombre que no suena.

Esperar no es quedarse quieta.
Es moverse con el corazón detenido.

Yo seguí yendo al gimnasio.
Seguí cumpliendo con mis días.
Pero había una parte de mí que vivía en pausa,
como si todo lo demás fuera provisional
hasta que él decidiera volver a existir.

La espera se volvió ritual.
Despertar y revisar el teléfono.
Decirme que no lo haría más…
y hacerlo igual.
Buscar su nombre sin buscarlo,
esperar que el silencio se rompiera solo,
como si el amor tuviera voluntad propia.

Me prometí muchas veces soltar.
Y muchas veces fallé.

Porque soltar no es borrar.
Es aceptar.
Y yo todavía no estaba lista para aceptar
que alguien puede tocarte el alma
y aun así no quedarse.

Había días buenos.
Días en los que me sentía fuerte,
convencida de que merecía más,
segura de que el amor no debía doler así.

Y había días en los que una historia suya,
una canción,
un recuerdo mínimo
me devolvían al mismo lugar:
esa noche,
ese cuerpo,
esa esperanza.

La espera me volvió experta en imaginar.
Imaginé conversaciones que nunca tuvimos.
Explicaciones que nunca llegaron.
Reencuentros que nunca ocurrieron.

Me preguntaba si él pensaba en mí
como yo pensaba en él.
Si alguna vez dudó.
Si alguna vez sintió culpa.
Si alguna vez quiso escribir
y no lo hizo.

Pero la espera también tiene algo perverso:
te hace negociar contigo misma.

“Si escribe, no le reclamaré.”
“Si vuelve, empezaré de cero.”
“Si me llama, esta vez lo haré distinto.”

Como si amar fuera un acuerdo silencioso
donde siempre cedía la misma persona.

Con el tiempo entendí algo doloroso:
yo no estaba esperando su regreso.
Estaba esperando una versión de él
que solo existía en mi memoria.

La espera no era por él.
Era por la ternura.
Por el raspado.
Por la muleta.
Por la forma en que me miró la primera vez.

Esperaba sentirme así otra vez.

Y ahí fue cuando algo empezó a romperse de verdad,
no el corazón,
sino la ilusión.

Porque cuando la ilusión cae,
ya no hay vuelta atrás.

Solo queda la verdad,
desnuda,
incómoda,
necesaria:

No todo amor que se siente profundo
está destinado a quedarse.
Y no toda espera es amor.
A veces es miedo
a cerrar una puerta
sin haber entendido por qué se abrió.



#2063 en Otros
#480 en Relatos cortos
#332 en Novela histórica

En el texto hay: el amor en las manos

Editado: 22.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.