Después del 26 de diciembre no vino el olvido.
Vino el fondo.
No fue inmediato ni escandaloso.
Fue silencioso.
Diario.
Persistente.
Lloraba en mi cama sin hacer ruido,
como si el dolor también tuviera miedo de existir.
Nunca antes me había atrevido a contarle a nadie
lo que me pasaba por dentro.
Siempre sentí que, cuando hablaba,
me juzgaban.
Así que aprendí a callar.
A sonreír.
A seguir.
Pero esta vez el silencio empezó a volverse peligroso.
Sentía que estaba perdiendo la conciencia,
que la tristeza me estaba ganando terreno,
que algo en mí se estaba rompiendo
más allá del corazón.
El amor, la rabia, la culpa,
todo se mezclaba hasta volverse una sola cosa
difícil de nombrar.
Pensé en muchas salidas.
Meditar.
Leer.
Hablar con alguien.
Ir a terapia.
Ir al psiquiatra.
Y también pensé en desaparecer.
No como un plan,
sino como una pregunta oscura
que se repetía en mi cabeza
cuando ya no encontraba descanso.
Mi almohada fue testigo de todo.
De cada noche sin dormir.
De cada “¿por qué a mí?”.
De cada intento por entender
por qué tenía tanto amor para dar
Me armé de valor
cuando ya no pude más
y fui a donde mi psicóloga.
Por primera vez dije la verdad.
No una versión suave.
No una historia recortada.
La verdad completa:
la ausencia,
el silencio,
el dolor constante que sentía mi corazón,
la herida.
Ella me escuchó.
Y luego me remitió.
Fui al psiquiatra.
Hablé.
Me recetaron gotas para calmarme.
Pero el dolor seguía ahí.
Intacto.
Como el primer día.
Porque hay heridas que no se duermen con pastillas,
solo se atraviesan.
Una noche, llorando otra vez en mi cama,
tomé el teléfono
y llamé a una amiga.
Le dije:
—Me siento mal.
Y por primera vez no minimicé nada.
Le conté todo.
Desde el raspado hasta el silencio.
Desde la ilusión hasta la ausencia.
Lloré en sus brazos
como una niña pequeña.
Sin defensa.
Sin orgullo.
Fueron cuatro noches sin dormir.
Cuatro noches de preguntas que no daban tregua:
¿Qué hice mal?
¿Por qué me pasan estas cosas a mí?
¿Por qué tengo tanto amor para dar?
¿Por qué no me perdona?
¿No soy merecedora de su perdón?
¿No tengo derecho a equivocarme?
Mil preguntas.
Ninguna respuesta.
Y hoy, desde mi cama,
con lágrimas todavía frescas,
decido escribir este libro.
No para entenderlo a él.
Sino para no perderme a mí.
Lo escribo por si algún día
tengo el valor de volver a leerlo
y recordar
que incluso en el fondo,
seguí buscando una forma de quedarme viva.