Hubo un día en que amanecí devastada.
No tenía fuerzas para pensar,
solo miraba el cielo
y, sin querer,
te recordaba.
Ese día, lo único que pasaba por mi mente eras tú.
Y en medio de ese silencio,
recordé algo que casi nunca hago:
hablar de lo que siento.
Durante muchos días hablé con mi hermano.
Algo extraño en mí,
porque siempre me ha costado expresarme.
Me cuesta mostrarme frágil frente a mi familia,
en esa casa donde siempre me ven
como la mujer fuerte,
altiva,
disponible,
inquebrantable.
Pero ese 28 de diciembre fue distinto.
Había música en toda la casa
y una tristeza profunda en mi corazón.
Ese día le conté a mi hermano cómo me sentía,
lo que había pasado,
el dolor que llevaba dentro.
Le dije:
me duele, me siento mal, me siento triste.
Y también le dije algo más:
hoy comprendo tu dolor
y todo lo que has pasado.
Él respondió con una sonrisa ligera,
con esa forma suya de intentar aliviar:
esas cosas me dan risa,
pero todo pasará, maní,
ya te darás cuenta, tú eres muy linda.
Creí que ahí terminaba todo.
Creí que había dicho suficiente.
Pero no.
Hoy, tiempo después,
recibí un mensaje suyo
que me quebró por completo.
Porque aunque ese día le hablé de mi tristeza,
no le conté del todo
cómo estaba realmente mi corazón.
El mensaje decía:
hermana, me preocupa tu situación,
me duele,
me quema
y me lastima.
Las lágrimas salieron de inmediato,
frescas, inevitables,
como si esas palabras
hubieran tocado exactamente
el lugar donde más dolía.
Sentí que él lo sabía todo,
sin que yo hubiera dicho nada.
Como si hubiera una conexión silenciosa,
de hermanos,
o quizá algo más grande,
el destino,
la intuición,
el amor verdadero.
Lloré porque esas palabras
fueron tan sinceras
como el amor que siento por él.
Y aunque no repararon por completo mi corazón,
me recordaron algo esencial:
no estaba sola.
Ahí entendí que existía un amor genuino
que sí se quedaba.
Que él también conocía el desamor
y sabía que podía doler
hasta quebrar a una persona.
Ese día no sané.
Pero me sentí sostenida.
Y a veces,
eso también salva