En mi casa me enseñaron que no se podía llorar.
Que llorar era una tontería.
Que quien lloraba era débil
y quien se permitía llorar
perdía sus objetivos.
Así crecí.
Desde niña aprendí a callar,
a tragarme todo en silencio.
Si sentía algo —fuera bueno o malo—
debía cargarlo sola,
guardarlo en el pecho
como un secreto que no debía salir.
Expresar una emoción
era casi un pecado.
O motivo de burla.
En mi casa había amor, sí,
pero también una regla silenciosa:
todo el mundo debía ser fuerte.
Nadie se quejaba.
Nadie lloraba.
El dolor ajeno se minimizaba
como si así doliera menos.
Y yo aprendí bien la lección.
Crecí siendo fría,
contenida,
distante.
No porque no sintiera,
sino porque no quería verme débil.
Porque creí que mi fortaleza
era lo que sostenía a mi familia.
Hasta que un día llegué a casa derrumbada.
Ese día algo en mí era distinto.
No estaba dura.
No estaba altiva.
Estaba dócil.
Más calmada.
Más suave.
Más tierna.
Más tibia.
No era que hubiera cambiado.
Era que ya no podía sostener
lo que me habían enseñado a ser.
Recuerdo que alguien dijo:
esta vez viniste diferente.
Pero no era verdad.
Lo que venía era rota.
Con el corazón hecho nada.
Sin saber cómo explicar lo que sentía,
sin saber si era correcto desahogarme,
si era correcto hablar
sin sentirme juzgada.
Y pensé:
no tengo nada que perder.
Cuando vi a mi hermano,
le conté todo.
Tuvimos una charla larga, profunda, real.
Y esas vacaciones fueron distintas
porque, por primera vez,
me mostré tal como era.
No dura.
No fría.
No inquebrantable.
Me mostré humana.
Le conté cómo me sentía.
Le conté el amor infinito que sentía por ellos.
Y también le conté la verdad que más me dolía decir:
que tenía el corazón roto.
Ese día entendí algo esencial:
no estaba fallando por sentir.
Estaba sanando.
Porque la fortaleza que nunca llora
no es fortaleza,
es miedo.
Y yo ya no quería seguir viviendo
desde el miedo.