Volver a casa siendo yo
fue uno de los actos más valientes de mi vida.
No regresé con respuestas,
ni con certezas,
ni con la fortaleza que siempre mostraba.
Regresé con el corazón abierto,
cansado de sostener silencios
que ya no me pertenecían.
Durante años creí
que para pertenecer
debía ser fuerte,
callada,
entera.
Que mostrar dolor
era una forma de fallar.
Pero ese día crucé la puerta
sin máscaras.
Sin dureza.
Sin esa frialdad
que aprendí para sobrevivir.
Volví más lenta.
Más sensible.
Más honesta conmigo.
No porque quisiera que me vieran débil,
sino porque ya no podía fingir.
Hubo miradas que notaron el cambio.
Palabras que dijeron
estás diferente.
Y tenían razón.
No estaba diferente.
Estaba siendo yo.
Por primera vez me permití sentir
sin justificarme.
Hablar sin miedo.
Amar sin esconderlo.
Llorar sin pedir perdón.
Volver a casa siendo yo
no fue fácil.
Significó romper con lo aprendido.
Desobedecer la idea
de que el amor se demuestra resistiendo.
Pero también fue un alivio.
Porque entendí que la casa
no debía ser un lugar
donde me escondo,
sino un espacio
donde puedo descansar.
Ese día no sané del todo.
Pero me acerqué a mí.
Y eso ya era volver.
Hoy sé que no quiero volver
a ser quien fui para encajar.
Quiero quedarme siendo quien soy,
aunque tiemble,
aunque duela,
aunque llore.
Porque volver a casa siendo yo
es, por fin,
estar a salvo.