Recuerdo que llegué a casa
y sin decir mucho,
mi hermano, en voz baja,
le dijo a mi mamá:
la tuya tiene el corazón roto.
No hizo falta explicar más.
Ella ya lo había notado.
Bastó con verme entrar
para que me abriera los brazos.
Y ahí,
en ese instante,
me derrumbé.
Me quebré en su pecho
como una niña pequeña.
Solo lloraba.
Lloraba y la abrazaba
como si ese abrazo
fuera lo único que me mantenía en pie.
Ella me recibió
con ese amor que solo una madre sabe dar.
Me sostuvo fuerte
y me dijo al oído, despacio:
¿qué te duele, hija?,
¿qué te agobia?,
cuéntame, yo te escucho,
no te voy a juzgar.
Con lágrimas en los ojos
y una vergüenza que no sabía explicar,
no pude decir nada.
No porque no confiara en ella,
sino porque me dolía pensar
que a mi mamá le doliera
el dolor de su hija.
No tuve la valentía de contarle
cómo me sentía.
Pero sí tuve la valentía
de abrazarla
y decirle:
cuando me sienta mejor, te contaré.
Lo hice para aliviarla.
Para protegerla.
Para que no cargara conmigo
en ese momento.
Esa noche dormí con ella.
Entre sus brazos lloré
como quien ya no puede sostener nada más.
No sabía cómo decirle
que me sentía rota.
Que sentía que había perdido muchas cosas.
Que me había quedado
con todo el amor en las manos
sin saber dónde ponerlo.
¿Cómo se le dice algo así a una madre?
Tal vez me habría aconsejado bien.
Tal vez me habría abrazado más fuerte.
Tal vez me habría besado la frente
y dicho algo que me salvara.
Nunca lo sabré.
Lo único que sé
es que no tuve el valor de hablar,
pero sí el de quedarme.
Y en ese silencio compartido,
en ese abrazo largo,
entendí algo que aún me acompaña:
a veces proteger a quien amas
significa callar,
y a veces,
amar también es llorar
en brazos seguros.