El amor en los tiempos de Tinder

Capítulo 2

La cafetería había comenzado a vaciarse, y el suave murmullo de las conversaciones se disolvía en la calma vespertina. Siena y Rise, con tazas de café y una torta de manzana recién horneada, se habían acomodado en un rincón acogedor. Ojitos de Cielo: la cafetería de Siena, brillaba con una luz cálida y hogareña, un refugio en medio de la ciudad. Era la primera vez que Rise pisaba el lugar.

Mateo se había despedido, prometiendo volver más tarde, dejando a las dos amigas solas para ponerse al día. Siena todavía sentía la euforia de la sorpresa por la llegada inesperada de Rise, pero la preocupación por el estado de su amiga no tardó en asomar. Si bien hablaban seguido por teléfono y Siena ya estaba al tanto de la infidelidad de Máximo y la separación, ver a Rise en persona, con una sombra inusual en sus ojos, era otra cosa.

—No puedo creer que estés acá, en serio —dijo Siena, con una sonrisa sincera que se sentía extraña en su rostro cansado—Pensé que no venías hasta fin de año, y que te quedarías lidiando con lo de Máximo por allá. ¡Llegaste de sorpresa!

Rise dio un sorbo a su café, sus ojos evaluando a Siena con una mezcla de cariño y análisis. Luego, sus ojos curiosos pasearon por el lugar, deteniéndose en un cartel de madera tallado cerca de la caja. "Ojitos de Miel". Sus cejas rubias se levantaron en una expresión de asombro genuino.

—"Ojitos de cielo", ¿en serio, Siena? —preguntó Rise, con una sonrisa que empezaba a asomar. —¿Ese es el nombre de tu cafetería? ¡Me muero! No puedo creer que le hayas puesto así, no me habías contado esa parte de la historia, pequeña traviesa.

Siena se sonrojó un poco, pero asintió.

—Si, es que siempre me gustó ese apodo y bueno… me pareció que quedaba bien.

Rise soltó una carcajada, una carcajada liberadora que Siena había extrañado.

—¡"Que quedaba bien"! ¡Claro que sí! ¡Qué disimulada que sos! —Luego, con un cambio abrupto en su tono, se volvió a Siena, con la mirada seria—. Pero primero vos. Vi esos ojos rojos recién, ¿y esa charla profunda con Mateo? Algo no anda bien, y mi radar de amiga me dice que es algo gordo. Soltalo ya. Y no me digas que es por mi llegada sorpresa, porque ya me contaste de tu divorcio, pero algo más te está quemando.

Siena respiró hondo. No había mejor persona para desahogarse que la única que sabía el verdadero significado de "Ojitos de Cielo". Con un nudo en la garganta, comenzó a relatar la mañana, el abogado, los papeles, la frialdad del final. Habló de sus veinte años de matrimonio, de cómo se había diluido la pasión, de la costumbre que se instaló como un inquilino permanente, del shock de la confesión de su ex-esposo de que ya no la amaba. Le habló del dolor, de la sensación de fracaso, de la pregunta que Mateo había puesto sobre la mesa: si el amor alguna vez había sido el verdadero protagonista.

Rise la escuchó en silencio, su rostro despojado de cinismo, mostrando una empatía que no solía exhibir tan a menudo. Cuando Siena terminó, con la voz quebrada, Rise extendió una mano y apretó la suya sobre la mesa.

—Ay, amiga —dijo Rise tras un largo suspiro—Yo también pensé que tú ibas a envejecer con él, pero creo que tal vez Mateo tenga razón. A veces no nos damos cuenta de que el amor se esfuma y llega la costumbre, la rutina, la monotonía en una pareja —niega con la cabeza haciendo que los mechones rubios se muevan suavemente —Creo que el “para siempre” es una gran mentira que nos decimos en el momento más vulnerable del amor.

Siena sonrió con ternura y apretó la mano de su amiga. Sabía que él corazón de Rise estaba herido, aunque pocas veces la rubia demostraba lo que el alma callaba.

—Yo sí creía en ese maldito “para siempre”, ahora tengo que volver a reconstruir todo, es como si tuviese que volver a comenzar de cero, pero con 40 años.

—Ay, Siena. Lo siento tanto —su voz era suave, con una dulzura inesperada. —Pero si te sirve de algo, no estás sola en este club de "matrimonios que parecían de cuento y terminaron en papelones", aunque el mío todavía está en proceso legal y Máximo aún no me ha soltado del todo.

Siena la miró conmovida.

—No puedo creer que ese tipo te haya hecho eso. ¿Y tu mamá cómo se lo tomó? Me imagino el sermón.

Rise soltó un bufido, sus ojos azules brillando con un dejo de resentimiento.

—Ah, la Santa Madre. Me llamó, claro. Para reprocharme. Que cómo iba a permitir que me hicieran esto, que la imagen de la familia, que los hoteles, bla, bla, bla. La mandé a pasear, obviamente. Le dije que a buen entendedor, pocas palabras. Mi vida no es un catálogo de alta costura para que ella lo juzgue.

Siena asimiló la confesión, el paralelismo de sus vidas ahora más claro que nunca. Ambas, a los cuarenta, separadas (una ya divorciada, la otra en proceso), y enfrentando la cruda realidad de lo que sus matrimonios habían sido y lo que ahora eran.

—Y ¿dónde te estás quedando ahora que estás acá? —preguntó Siena, curiosa.

Rise se encogió de hombros, con un gesto despreocupado.

—Por ahora en un hotel, claro. Pero estoy buscando un departamento, algo lindo, con balcón y mucha luz. Necesito mi espacio creativo, ¿sabes? Y no voy a estar mudándome a cada rato como si fuera una vagabunda. Tengo mucho trabajo que organizar, nueva colección, desfiles…

—¡Espera! ¿Te vas a instalar acá?

—Pero claro que sí mi “Ojitos de Cielo", mi idea es vivir en Buenos Aires por un tiempo, así que me tendrás para lo que quieras, tu amiga la rubia pomposa e irresistible está de vuelta.

El grito eufórico de Siena hizo que los clientes que estaban en el lugar dieran un salto en sus sillas.

—¡Me acabas de alegrar el día rubita!

—¿Solo el día? Ya vas a ver cómo también te voy a alegrar la vida, además, ya no tenes responsabilidades de niños pequeños, ¿o si?

—¡Ah, no! Mateo está hecho un hombre, hace siete meses que se fue a vivir solo —respondió Siena con un tono que mezclaba orgullo y un dejo de melancolía maternal. —Está feliz, con sus cosas, su independencia. Nos vemos seguido, claro.



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Editado: 07.08.2025

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