El amor llega tiernamente.

Relato 8 Amor inquebrantable.

 

Amor inquebrantable.

 

El traslúcido manto de la luna le regalaba a la pequeña lectora miles de rayos plateados donde centenares de partículas se movían como si de una danza perfectamente sincronizada se tratase, para ambientarle el confortable cuarto donde las muñecas y los juegos de mesa la acompañaban. La cansada mirada de Natalia se cerraba con lentitud, aunque de verdad quería continuar con la lectura, pero le era imposible, aunque su corazón latía con más fuerza cada vez que sus pequeñas manos pasaban con delicadeza las páginas de esa hermosa obra de arte.

A su corta edad era simplemente maravilloso, tal cual un milagro, sentir como las palabras que conformaban cada frase de aquellas páginas delgadas con diminutas letras le daban una sensación de paz llenándole el alma. «Debes dormir mi niña, mi hermosa hija», era el susurro que siempre escuchaba cuando estaba a punto de quedarse dormida.

¿Por qué ese libro de portada desgastada y hojas amarillentas le atraían tanto?, ¿por qué sentía una necesidad incontrolable de leerlo…  leerlo…  leerlo?, realmente no lo sabía, aun así sus lecturas nocturnas eran una apacible rutina que no quería abandonar.

Lo difícil era tener que volver a casa tras sus cálidas semanas de vacaciones en casa de su abuela. Eso significaba que no podría volver a dejar desplazar sus iris por aquellas letras que danzaban solo para ella en ese lienzo de hojas envejecidas, como la sonrisa de su abuela; hasta las siguientes vacaciones o días festivos. Esas deseadas fechas que marcaba de antemano con su querido marcador rosado chillón.

A sus escasos once años no dejaba de ser una niña que soñaba, como cualquier otra, con ser una princesa que viviría miles de románticas aventuras, amores incondicionales y una familia tan propia como se podía desear todo hermosamente reflejado en aquellas páginas.

Con el pasar del tiempo, sus anhelos de dejarse perder entre las hojas del mismo libro se incrementaron con una sed interminable, como si se hubiese consumido ella sola los salubres océanos. Ya con quince años, sus sueños de ser una princesa se iban desvaneciendo en busca de otros sueños y necesidades que pudieran llenar ese abismo deseoso por millones de entregas de amor inquebrantable. Ya no tenía que esperar las vacaciones para leerlo, pues el recibir una copia fiel de aquel libro es y fue el mejor de sus regalos, más, sin embargo, siempre volvía al original en cada una de las vacaciones. Ese olor a libro viejo, usado y releído, era un embriagante elíxir que la mantenía fiel a él.

Mientras que sus amigas de la preparatoria reían y comparaban, con exageraciones o no, sus incipientes travesuras amorosas y alguna que otra más atrevida, ella, Natalia prefería permanecer más hacia el color rosado de la vida que adentrarse con premura hacia el candente carmesí. Ya tendría tiempo para eso se repetía con simplicidad al recordar uno de los centenares o tal vez miles de referencias, citas o refranes como quieran llamarlo, de su “abue”… «Mi, Nathy, en paciencia que el tiempo de Dios es perfecto».

Ya cumplido los dieciocho años, hoy tendría otra tediosa e infructífera reunión familiar con sus padres y hermano, claro está, sin olvidar a la prima Luisa, esa niña que por razones de causa mayor tuvo que irse a vivir con ellos a la tierna edad de tres años. Aunque no son precisamente contemporáneas, esa pequeña diferencia de cuatro años no impidió que llegaran a ser mejores amigas y confidentes.

Sobre la mesa familiar estaban dispersos mucho, ¡cielos!, muchos folletos de prestigiosas universidades de su país, cada uno ofrecía opciones de carreras y beneficios difíciles de rechazar. Natalia intentó escuchar las sugerencias de los miembros de su familia, más por evitar lastimarlos que por respeto, sin embargo; lo que no sabían sus padres y su hermano mayor es que ella con ayuda de su consentidora “abue” y la complicidad de Luisa ya había introducido cinco meses atrás la solicitud para iniciar los estudios que colmaría su alba alma al alcanzar un desarrollo profesional que tal vez, solo tal vez, pocos puedan lograr.

Convencer a su padre fue relativamente sencillo, pues él en el fondo siempre lo supo. ¿El por qué, el cómo y el cuándo?, es sencillo de responder; las aficiones en ella la delataban, su amor incondicional que le entregaba a cualquier ser vivo, el apoyo que brindaba a sus allegados ante cualquier situación que los afligía, esa necesidad de querer ayudar sin importar el esfuerzo que implicara, y claro ese apego a aquel libro que su abuela mantenía en la sala de su casa como si de una reliquia se tratase.

Caso contrario ocurrió con su madre, quien puso no un grito en el cielo, sino que chilló hasta que los oídos del mismo demonio explotaron suplicando silencio. Muchas noches y días pasaron bajo un llanto que solo el tiempo lo suavizó, cómo no llorar y lamentarse dentro de las paredes de su casa, cuando como toda madre siempre soñó con acompañar y compartir muchos momentos entre madre e hija; su primer enamoramiento, su primera ruptura, su compromiso, boda, embarazos, bautizos. Aun así allí estaba ella llorando, por lo que no sucederá. Pero como decía su madre, esa abuela querendona «Los hijos no nos pertenecen son un regalo que Dios nos presta hasta que ellos deciden qué hacer con su vida».

 

Luego de pasar algo más de cinco años preparándose, hoy, están reunidos los familiares más cercanos de varias novicias donde el olor a incienso de sándalo, y la fe son las protagonistas. Verlas, sonrientes, con un brillo casi inimaginable en sus ojos, vestidas con sus túnicas blancas en espera de cambiarlas con humildad por las de color marrón, esas por las que han luchado para ser dignas. Hace que el acto sea tan formal como la ocasión lo amerita.




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