Tengo una teoría.
Odiar a una persona se parece muchísimo a estar enamorado de ella.
No lo digo porque sea una experta en amor. Lo digo porque llevo dos años observando a Edwin Salazar todos los días de mi vida laboral... y cada vez que lo veo mi estómago hace algo extraño.
Algo que definitivamente no debería provocar un hombre que quiero estrangular.
Suspiré profundamente mientras el ascensor subía lentamente hasta el piso quince de NovaSphere Marketing, la agencia de publicidad más competitiva de Monterrey.
Cuando las puertas se abrieron, el sonido familiar de teclados, teléfonos y conversaciones llenó el ambiente.
Todo normal.
Todo tranquilo.
Hasta que lo vi.
Ahí estaba.
Sentado frente a mí, al otro lado de la gran mesa compartida que nos obligaron a usar después de la última reestructuración de la empresa.
Edwin Salazar.
El hombre que podría ganar el premio al empleado más eficiente del planeta... y al mismo tiempo el premio al imbécil más insoportable del universo.
Traje gris oscuro.
Camisa blanca perfectamente planchada.
Cabello negro peinado hacia atrás con esa precisión irritante.
Y esa mirada.
Esa mirada fría y analítica que parecía evaluar absolutamente todo lo que veía.
Incluyéndome.
Levanté mi bolso y lo dejé caer sobre mi escritorio con un golpe.
-Buenos días -dije, con una sonrisa que cualquiera interpretaría como amable.
Edwin ni siquiera levantó la cabeza de su computadora.
-Para algunos lo será -respondió con voz tranquila.
Ahí empezó.
Como todas las mañanas.
-¿Dormiste mal o simplemente decidiste ser desagradable desde temprano? -pregunté mientras encendía mi computadora.
-Estoy siendo eficiente -respondió sin mirarme-. La amabilidad no aumenta la productividad.
Rodé los ojos.
-Claro. Por eso todos en la oficina te adoran.
Ahora sí levantó la vista.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una calma que me ponía nerviosa.
-No vine aquí a que me adoren, Dayanara. Vine a trabajar.
-Y lo haces como un robot.
-Gracias.
Parpadeé.
-No era un cumplido.
-Pero fue acertado.
Lo miré fijamente.
A veces tenía la sensación de que discutir con Edwin era como jugar ajedrez contra alguien que siempre llevaba tres movimientos de ventaja.
Lo peor de todo era que el hombre lo sabía.
Volví mi atención a la pantalla de la computadora, intentando ignorarlo.
Duré exactamente quince segundos.
-¿Qué haces? -pregunté.
-Trabajar.
-Eso ya lo dijiste.
-Sigue siendo la respuesta.
Me incliné hacia adelante, tratando de ver su pantalla.
Edwin cerró la laptop de golpe.
-No seas curiosa.
-No soy curiosa. Soy directora creativa del proyecto Solarix.
-Exactamente -dijo con calma-. Y yo soy el director de estrategia.
Entrecerré los ojos.
-Lo que significa que necesitas mis ideas.
-Lo que significa que necesito números que respalden tus ideas.
Silencio.
Nos miramos.
La tensión entre nosotros era tan evidente que cualquiera que pasara cerca podía sentirla.
Y entonces ocurrió algo peor.
Edwin sonrió.
Muy ligeramente.
-Tus propuestas de ayer tenían un problema.
-¿Ah sí?
-Demasiada emoción.
-Es publicidad, Edwin.
-Es negocio, Dayanara.
-Las emociones venden.
-Los datos venden más.
Sentí cómo mi paciencia se evaporaba.
-Sabes qué... -dije cruzándome de brazos-. No todo se trata de números.
-Todo se trata de resultados.
-La creatividad también genera resultados.
-Si está bien estructurada.
-Mis campañas siempre funcionan.
Edwin inclinó la cabeza.
-Funcionan... pero podrían ser mejores.
Eso fue el detonante.
-¿Perdón?