Si alguien me preguntara cuál fue el peor momento de mi vida profesional, probablemente diría cuando quedé atrapada en el archivo del sótano con Edwin Salazar.
Pero eso sería mentira.
El peor momento fue lo que pasó después.
Porque el tiempo empezó a pasar.
Y nadie venía a abrir la puerta.
El archivo estaba en silencio, iluminado por las luces blancas que zumbaban ligeramente en el techo. El aire olía a papel viejo y polvo.
Llevábamos allí casi una hora.
Una hora.
Con Edwin.
Apoyé la cabeza contra la pared y suspiré con exageración.
—Esto es absurdo.
Edwin estaba sentado en el suelo frente a una pequeña pila de carpetas, revisándolas con total tranquilidad.
—Sigues viva —dijo sin levantar la mirada—. He visto situaciones peores.
—No creo que hayas visto algo peor que esto.
—Créeme, sí.
—¿Qué podría ser peor que estar encerrado conmigo?
Ahora levantó la vista.
Sus ojos oscuros se fijaron en los míos.
—No dije que tú fueras lo peor.
—Pero lo insinuaste.
—Tú lo interpretaste así.
—Porque te conozco.
—No me conoces.
—Oh, claro que sí.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Eres arrogante, controlador, obsesivo con el trabajo y completamente incapaz de relajarte.
Edwin cerró lentamente la carpeta que tenía en las manos.
—Interesante análisis psicológico.
—Gracias.
—Pero te faltó algo.
—¿Qué cosa?
Se levantó.
Y caminó hacia mí.
Mi espalda estaba contra la pared, así que no tenía a dónde moverme.
—También soy la persona que ha salvado tres de tus campañas cuando tus ideas eran demasiado arriesgadas.
—Mis ideas no eran arriesgadas.
—Eran impulsivas.
—Eran creativas.
—Eran caóticas.
Me levanté de golpe.
Ahora estábamos frente a frente.
—¿Sabes qué? —dije con irritación—. Tu problema es que no soportas que alguien piense diferente a ti.
—No —respondió con calma—. Mi problema es que tú crees que siempre tienes razón.
—Porque generalmente la tengo.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Eso es adorable.
—No soy adorable.
—Eres extremadamente terca.
—Y tú eres extremadamente insoportable.
—Aun así sigues discutiendo conmigo.
—Porque tú empiezas.
—Porque tú reaccionas.
—Porque tú provocas.
Nos quedamos en silencio.
La distancia entre nosotros era mínima.
Muy mínima.
Podía notar el calor de su cuerpo.
Su perfume.
Incluso el ritmo tranquilo de su respiración.
—Admite algo —dijo en voz baja.
—¿Qué cosa?
—Te gusta discutir conmigo.
Fruncí el ceño.
—No digas tonterías.
—Siempre respondes.
—Porque me irritas.
—Pero podrías ignorarme.
—No.
—Exacto.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—Eso no significa nada.
—Significa mucho.
—No.
—Sí.
—Edwin—
—Dayanara.
Mi nombre sonó diferente cuando lo dijo.
Más suave.
Más lento.
Me di cuenta de algo en ese momento.
Él también lo sentía.
Esa tensión.
Ese extraño choque constante entre nosotros.
Intenté apartarme.
Pero él dio un paso más cerca.
Mi espalda volvió a tocar la pared.
—Estás haciendo esto a propósito —murmuré.
—¿Hacer qué?
—Invadir mi espacio personal.
—No parece molestarte tanto.
—Claro que me molesta.