El baño se llenó de vapor mientras terminaba de secarme el cabello con una toalla.
Miré la camiseta que Edwin me había dado.
Era enorme.
Claramente enorme.
Suspiré.
—Esto es humillante —murmuré.
Me la puse.
La tela suave cayó hasta la mitad de mis muslos.
Perfecto.
Ahora parecía que llevaba la ropa de mi enemigo declarado.
Respiré hondo.
Solo era una camiseta.
Solo era Edwin.
Solo era una noche.
Abrí la puerta del baño.
Y salí.
Edwin estaba de pie junto a la ventana revisando su celular.
Cuando escuchó la puerta levantó la mirada.
Y entonces…
Se quedó completamente quieto.
Sus ojos recorrieron la camiseta.
Luego mis piernas.
Luego volvieron lentamente a mi rostro.
Silencio.
Largo.
Muy largo.
Crucé los brazos.
—Deja de mirar.
Parpadeó.
—No estoy mirando.
—Estás mirando.
—Estoy… observando.
—Eso es lo mismo.
—No lo es.
—Sí lo es.
Dejó el celular sobre la mesa sin apartar los ojos de mí.
—Te queda grande.
—Es tuya.
—Lo sé.
—Entonces no opines.
Caminé hacia una de las camas intentando parecer indiferente.
Pero podía sentir su mirada siguiéndome.
—Dayanara.
Suspiré.
—¿Qué?
—Te ves…
Se detuvo.
—Ridícula —dije antes de que terminara.
—No iba a decir eso.
Lo miré.
—Entonces no lo digas.
Silencio.
Edwin dio un paso hacia mí.
Luego otro.
—Te ves peligrosa.
Fruncí el ceño.
—¿Peligrosa?
—Sí.
—¿Por qué?
Se detuvo frente a mí.
Demasiado cerca.
Otra vez.
—Porque llevas mi camiseta —dijo en voz baja— y eso hace que mi cerebro deje de funcionar correctamente.
Sentí que el corazón me dio un salto.
—Tu cerebro nunca ha funcionado bien.
—Probablemente.
—Entonces no es culpa de la camiseta.
—Tal vez sí.
Intenté apartarme.
Pero él apoyó una mano en el borde de la cama detrás de mí.
No me estaba tocando.
Pero estaba demasiado cerca.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Edwin —dije.
—¿Sí?
—Esto es mala idea.
—Lo sé.
—Entonces aléjate.
—No quiero.
—Deberías.
—Probablemente.
Pero no se movió.
Nos quedamos mirándonos.
El silencio se volvió pesado.
Intenso.
Mis ojos bajaron sin querer a sus labios.
Error.
Grave error.
Porque cuando volví a mirarlo…
Él ya me estaba mirando igual.
—Dayanara —susurró.
—¿Qué?
—Llevamos semanas discutiendo.
—Porque eres desesperante.
—Porque tú también lo eres.
—Eso no es cierto.
Sonrió apenas.
—Un poco.
Intenté decir algo más.
Pero en lugar de palabras…
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Él también lo notó.
—Mira lo que haces conmigo —dijo suavemente.
—No hago nada.
—Exactamente.
Su mano se movió lentamente.
Muy lentamente.
Hasta rozar mi muñeca.
El contacto fue ligero.
Pero suficiente para que una corriente me recorriera el cuerpo.
—Esto es mala idea —repetí.
—Sí.
—Muy mala idea.
—Definitivamente.
Nos quedamos en silencio un segundo.
Dos.
Tres.
Luego Edwin susurró:
—Pero ya no quiero evitarlo.
Y entonces se inclinó.
Muy despacio.
Como si me estuviera dando tiempo para detenerlo.
No lo hice.
Cuando sus labios tocaron los míos…
Todo el aire pareció desaparecer de la habitación.
El beso fue suave al principio.
Casi tímido.
Pero solo duró un segundo.
Porque en cuanto reaccioné…
Le respondí.
Mi mano se cerró en su camiseta.
La suya se apoyó en mi cintura.
Y de repente el beso dejó de ser cuidadoso.
Se volvió intenso.
Fuerte.
Como si toda la tensión de semanas explotara al mismo tiempo.
Cuando finalmente nos separamos, ambos respirábamos más rápido.
Lo miré.
Él me miró.
Silencio.
—Bueno… —dije.
Edwin pasó una mano por su cabello.
—Bueno.