El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 5. No Somos Un Matrimonio.

No recuerdo exactamente cuánto tiempo nos quedamos allí.
En la terraza.

Con la ciudad brillando frente a nosotros y nuestras manos entrelazadas como si aquello hubiera sido natural desde siempre.
Pero sí recuerdo una cosa.
Por primera vez desde que conocí a Edwin Salazar...

No tenía ganas de discutir.
Y eso era peligrosísimo.

-Estás muy callada -dijo él después de unos minutos.
Lo miré de reojo.
-Estoy pensando.

-Eso me preocupa.

-Qué gracioso.
Edwin sonrió apenas.

Su mano seguía sujetando la mía.
Y lo peor era que ya me había acostumbrado.

-¿En qué piensas? -preguntó.
Suspiré suavemente.

-En que esto no debería estar pasando.

-Probablemente no.

-Trabajamos juntos.

-Sí.

-Discutimos todo el tiempo.

-También.

-Y aun así...

No terminé la frase.

Porque no sabía cómo hacerlo.

¿Cómo se suponía que explicara que el hombre que más lograba desesperarme también se estaba convirtiendo en el único capaz de acelerarme el corazón con una mirada?

Edwin me observó unos segundos.
Luego habló en voz baja.

-Y aun así sigues aquí conmigo.
Mi corazón dio un pequeño salto.

Aparté la mirada hacia las luces de la ciudad.

-No te acostumbres.

-Muy tarde.

Rodé los ojos.

-Sigues siendo insoportable.

-Y tú sigues viniendo cuando te invito.

-Eso fue una sola vez.

-Claro.

Lo empujé ligeramente con el hombro.

Él soltó una risa baja.

Dios.

Esa risa.

Era injustamente atractiva.

-No hagas eso -murmuré.

-¿Qué cosa?

-Reírte así.

-¿Así cómo?

-Como si fueras encantador.

Edwin se acercó apenas un poco más.

-Tal vez lo soy.

Lo miré.

Y por primera vez...

No tuve una respuesta inmediata.
Porque el problema era ese.

Que estaba empezando a descubrir partes de Edwin que no conocía.
Partes tranquilas.

Sinceras.

Incluso dulces.

Y eso complicaba todo.

Muchísimo.

Su teléfono vibró de repente.

Ambos nos apartamos un poco.
Edwin sacó el celular y frunció el ceño.

-Es Camila.

Solté una risa.

-Claro que es Camila.

Él leyó el mensaje y negó lentamente con la cabeza.

-¿Qué dijo?

Guardó el teléfono.

-Que si ya "oficializamos nuestra historia de amor corporativa".

Me cubrí el rostro con una mano.

-Voy a renunciar.

-No lo harás.

-Voy a matar a Mateo primero.

Edwin sonrió.

-Eso sí podría pasar.

Suspiré y volví a mirar la ciudad.
El viento sopló suavemente.

Y entonces Edwin hizo algo inesperado.

Apartó un mechón de cabello de mi rostro.

El gesto fue lento.

Suave.

Demasiado íntimo.

Mi respiración se detuvo un segundo.
Sus dedos rozaron mi mejilla apenas.
Y cuando levanté la mirada...

Él ya me estaba mirando.

De esa forma otra vez.

Como si estuviera intentando decidir algo.

-Dayanara... -murmuró.

-¿Qué?

Su mano permaneció en mi rostro unos segundos más.

-Creo que esto dejó de ser un juego hace rato.

Mi corazón empezó a latir más rápido.
-Edwin...

-No quiero seguir fingiendo que no pasa nada entre nosotros.

El aire pareció volverse más pesado.
Más cálido.

-Esto puede salir muy mal -susurré.

-Lo sé.

-Muchísimo.

-Lo sé.

-Entonces ¿por qué no te detienes?
Silencio.

Luego sonrió apenas.




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