—Necesitas ayuda.
Levanté lentamente la mirada de mi computadora.
Camila estaba frente a mi escritorio con expresión seria.
Eso nunca era buena señal.
—No me gusta cómo suena eso.
Ella dejó un libro sobre mi teclado.
Lo miré.
Luego leí el título.
“El Amor No Es Como Lo Pintan.”
Parpadeé lentamente.
—No.
Camila cruzó los brazos.
—Sí.
—No voy a leer eso.
—Deberías.
Tomé el libro como si fuera material radioactivo.
—¿Por qué parece una tragedia emocional con portada beige?
—Porque cambia vidas.
Mateo apareció mágicamente detrás de ella.
—Y porque claramente necesitas orientación sentimental.
Los miré horrorizada.
—¿En qué momento mi vida se convirtió en un programa de terapia grupal?
Camila ignoró mi comentario.
—Escucha. La protagonista niega que está enamorada del hombre durante medio libro.
Mateo asintió.
—Literalmente tú.
—No estoy enamorada de nadie.
Ambos me miraron en silencio.
—¿Qué? —pregunté.
Camila señaló detrás de mí lentamente.
No.
NO.
Giré despacio.
Edwin estaba entrando a la oficina.
Con café en una mano.
Y viéndome directamente.
Maldita sea.
Mateo susurró dramáticamente:
—Ahí viene el problema con piernas.
—Ustedes están enfermos.
Edwin se acercó a nosotros.
—¿Qué pasa?
Camila sonrió inocentemente.
—Nada.
Eso significaba absolutamente todo.
Edwin miró el libro en mis manos.
Levantó una ceja.
—¿Literatura romántica?
Me enderecé inmediatamente.
—NO.
Camila respondió antes que yo.
—Sí.
—Traidora.
Ella sonrió feliz.
—Estoy ayudando a tu crecimiento emocional.
—Voy a despedirte emocionalmente.
Edwin tomó el libro de mis manos.
Leyó la portada.
Y lentamente empezó a sonreír.
Oh, no.
No esa sonrisa.
—“El Amor No Es Como Lo Pintan” —leyó—. Interesante.
Le arrebaté el libro.
—No pienso leerlo.
—Claro que sí —dijo Camila.
Mateo señaló.
—Ya estás en la fase de negación.
—NO estoy en ninguna fase.
Edwin seguía mirándome con demasiada diversión.
—¿De qué trata?
Camila prácticamente brilló de emoción.
—Una mujer que se enamora de un hombre arrogante, insoportable y obsesivo…
Mateo señaló a Edwin.
—Exactamente.
—…pero ella lo odia al principio.
Ahora señalaron a ambos.
—Literalmente ustedes.
Abrí el libro y amenacé con lanzarlo.
—Voy a usar esto como arma.
Edwin soltó una risa baja.
Dios.
Odiaba cuando se reía así.
—Léelo —dijo él tranquilamente.
—No.
—Tal vez aprendes algo.
—¿Como qué?
Se inclinó apenas hacia mí.
—A dejar de pelear con lo obvio.
Mi corazón hizo una cosa horrible.
Esa cosa donde latía demasiado rápido.
Lo odiaba.
Muchísimo.
Camila sonrió como villana de telenovela.
—Voy a dejar que la tensión romántica siga su curso.
Ella y Mateo desaparecieron hacia la cafetería.
Traidores.
Me dejé caer en la silla.
—No puedo creer esto.