No respondí.
Porque honestamente…
¿Qué se suponía que dijera después de eso?
"Creo que ya no sabes cómo odiarme."
Maldito Edwin y su manía de decir cosas que parecían coqueteo y ataque emocional al mismo tiempo.
Desvié la mirada hacia los documentos sobre la mesa.
—Tenemos que trabajar.
—Ajá.
—Y dejar de hablar tonterías.
—Claro.
—Y tú tienes que dejar de mirarme así.
Silencio.
Levanté la vista lentamente.
Edwin seguía observándome.
—¿Así cómo?
Mi corazón hizo otra cosa estúpida.
—Como si estuvieras pensando cosas.
Él sonrió apenas.
—Estoy pensando cosas.
—No quiero saber cuáles.
—Mentirosa.
Abrí la carpeta dramáticamente.
—Voy a concentrarme en la campaña.
—Perfecto.
Pasaron exactamente siete segundos.
—¿Dayanara?
Cerré los ojos.
—¿Qué?
—Estás leyendo la hoja al revés.
Miré el documento.
Maldita sea.
Edwin soltó una risa baja.
Lo señalé indignada.
—Esto es acoso laboral.
—Esto es verte entrar en crisis porque te gusto.
—¡NO ESTOY EN CRISIS!
—Claro.
—Y tampoco me gustas.
—Eso ya perdió credibilidad hace como tres capítulos.
Lo miré horrorizada.
—¿Acabas de romper la cuarta pared emocionalmente?
—Tal vez.
No pude evitarlo.
Solté una pequeña risa.
Y Edwin se quedó mirándome unos segundos más de lo normal.
Como si esa risa hubiera significado algo importante.
El ambiente cambió otra vez.
Porque siempre cambiaba.
Siempre terminábamos acercándonos demasiado.
Mirándonos demasiado.
Sintiendo demasiado.
Y eso era agotador.
Mi teléfono vibró sobre la mesa.
Lo tomé rápidamente agradeciendo la distracción.
Hasta que vi el mensaje.
Lucas Herrera.
Fruncí el ceño.
Edwin lo notó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Quién es?
—Nadie.
Levantó una ceja.
—Eso definitivamente es alguien.
Suspiré.
—Es Lucas.
La expresión de Edwin cambió apenas.
Muy apenas.
Pero lo suficiente.
—¿El consultor?
—Sí.
—¿Qué quiere?
Miré el mensaje.
"¿Sigues debiéndome una cena?"
OH.
No.
Mala hora para existir.
—Nada importante —mentí.
Edwin estiró la mano.
—Déjame ver.
Aparté el celular.
—No.
—Eso confirma mis sospechas.
—No tengo idea de cuáles son tus sospechas.
—Que el tipo quiere invitarte a salir otra vez.
Silencio.
Lento.
Peligroso.
Porque técnicamente…
Sí.
—No importa —dije rápidamente.
Edwin se recostó lentamente en la silla.
Y esa calma suya daba más miedo que cuando discutía.
—¿Vas a aceptar?
—¿Por qué te importa?
Silencio.
Nos miramos.
Y ahí estaba otra vez.
Esa tensión.
Ese pequeño choque entre nosotros que empezaba como broma y terminaba sintiéndose demasiado real.
Edwin habló finalmente.
—Porque no me gusta.
Mi corazón dio un salto ridículo.