El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 12. El Peor Secreto De La Oficina.

El beso terminó lentamente.

Demasiado lentamente.

Como si ninguno de los dos quisiera separarse.

Y honestamente...

Ninguno quería.

Cuando finalmente abrí los ojos, Edwin seguía ahí.

Tan cerca que podía ver la pequeña sonrisa que intentaba esconder.

—¿Por qué sonríes? —pregunté.

—Porque gané.

Abrí mucho los ojos.

—¿Ganaste qué?

—Meses de sufrimiento emocional.

—Qué dramático.

—Habla la mujer que leyó un libro romántico y tuvo una crisis existencial.

Lo señalé indignada.

—No vuelvas a mencionar el libro.

—Imposible. Ese libro hizo más por nuestra relación que nosotros mismos.

Y lo peor...

Lo peor era que tenía razón.

Solté una carcajada.

—Odio cuando tienes razón.

—Entonces hoy debes odiarme bastante.

Rodé los ojos.

Pero terminé sujetando su mano.

Naturalmente.

Sin pensar.
Y cuando me di cuenta de lo que había hecho...

Ya era demasiado tarde.

Porque Edwin bajó la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.

Y su expresión cambió.

Se volvió más suave.

Más cálida.

Más peligrosa para mi corazón.

—¿Qué? —pregunté nerviosa.

—Nada.

—Eso nunca significa nada bueno.

Él levantó nuestra mano un poco.

—Me gusta esto.

Mi corazón hizo otra pirueta absurda.

—¿Tomarme de la mano?

—Tomarte de la mano.

—Qué simple eres.

—Y tú complicas demasiado todo.

—Eso también es verdad.

La noche terminó mucho más tarde de lo que esperaba.

Porque caminaron.

Hablaron.

Se sentaron en una cafetería abierta hasta tarde.

Compartieron un postre.

Discutieron sobre películas.

Discutieron sobre música.

Discutieron sobre quién era más terco.

Empataron.

Porque ninguno quiso admitir la derrota.

Cuando Edwin finalmente estacionó frente a mi edificio, ambos guardaron silencio.

Ese silencio extraño que aparece cuando una noche fue demasiado buena y ninguno quiere que termine.

—Bueno... —murmuré.

—Bueno... —repitió él.

Ninguno se movió.

—Debería subir.

—Probablemente.

—Sí.

—Sí.

Seguíamos sentados.

Edwin soltó una pequeña risa.

—Somos ridículos.

—Muchísimo.

Otro silencio.

Y entonces él tomó mi mano otra vez.

Como si ya fuera costumbre.

Como si siempre hubiera pertenecido ahí.

—Gracias por venir.

Lo miré.

—Gracias por invitarme.

Sus ojos no se apartaron de los míos.

Y por un segundo sentí exactamente lo mismo que cuando estaba leyendo aquel libro.

La sensación de estar llegando a una parte importante de la historia.

Una de esas partes que cambian todo.

—Dayanara.

—¿Sí?
—No quiero volver atrás.

Mi respiración se detuvo.

Porque entendí perfectamente lo que quería decir.

No quería volver a fingir.

No quería volver a esconderse detrás de las bromas.

No quería regresar a cuando ambos actuaban como si nada estuviera pasando.

Y yo tampoco quería.

Sonreí suavemente.

—Yo tampoco.

La expresión de Edwin se iluminó.

Y en ese momento...

Mi teléfono sonó.

Los dos miramos la pantalla.

Silencio.

Luego cerré los ojos.

Porque solo podía ser una persona.




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