Hay momentos en la vida en los que una persona debería cuestionar sus decisiones.
Por ejemplo:
Comer tacos a las tres de la mañana.
Cortarse el cabello después de una ruptura amorosa.
Adoptar una cabra por internet.
Y luego estaba mi situación actual.
Ir a conocer a la hermana de Edwin.
Voluntariamente.
Sin que nadie me obligara.
Claramente mi estabilidad mental estaba deteriorándose.
—¿Por qué estás caminando en círculos? —preguntó Edwin.
Lo miré.
—Porque estoy nerviosa.
—Solo es mi hermana.
—ESO NO AYUDA.
Estábamos frente a una cafetería en el centro de la ciudad.
Un lugar bonito.
Elegante.
Demasiado elegante.
Las personas elegantes me daban desconfianza.
Parecían saber cosas.
—Sofía es buena persona —dijo Edwin.
—Eso también lo dicen las películas antes de revelar al villano.
—Dayanara.
—¿Qué?
—Respira.
—Estoy respirando.
—Pareces una persona a punto de demandar el oxígeno.
Lo fulminé con la mirada.
Edwin sonrió.
Maldito hombre.
Siempre sonriendo cuando yo estaba al borde del colapso.
—¿Y si no le agrado?
—Le agradarás.
—¿Y si piensa que no soy suficiente para ti?
La sonrisa desapareció un poco.
Y entonces Edwin hizo algo que no esperaba.
Tomó mi mano.
Suavemente.
Con calma.
Como si quisiera asegurarse de que lo escuchara.
—Eso jamás va a pasar.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Edwin...
—Jamás.
Y por alguna razón...
Le creí.
Entramos juntos.
Y allí estaba.
Sentada junto a una ventana.
Sonriendo.
La famosa Sofía.
La hermana de Edwin.
La mujer que llevaba años avergonzándolo con fotografías familiares.
Y honestamente...
Parecía muy amable.
Eso me decepcionó un poco.
Había preparado mentalmente una batalla.
—¡EDWIN!
Sofía se levantó inmediatamente.
Lo abrazó.
Lo besó en la mejilla.
Y luego giró hacia mí.
Yo sonreí nerviosamente.
Ella me observó.
Un segundo.
Dos segundos.
Tres segundos.
Y entonces...
—¡POR FIN!
Parpadeé.
—¿Qué?
—¡POR FIN EXISTES!
Miré a Edwin.
Edwin miró el techo.
Traidor.
—¿Cómo que por fin existo?
Sofía volvió a sentarse.
—Mi hermano habla de ti todo el tiempo.
Mi cerebro dejó de funcionar.
Completamente.
Giré lentamente hacia Edwin.
—¿Qué?
—No exageres —dijo él.
—¿NO EXAGERE?
Sofía ya estaba riéndose.
—Te juro que pensé que eras imaginaria.
—Sofía.
—¿Qué?
—No ayudes.
Ella ignoró completamente a su hermano.
Y me miró emocionada.
—¿Sabías que Edwin nunca habla de nadie?
—SOFÍA.
—¿Qué?
—Estoy aquí.
—Lo sé.
—Entonces deja de arruinar mi dignidad.
Yo estaba disfrutando demasiado aquello.
Muchísimo.
—Continúa, Sofía.
—DAYANARA.
—No, no. Continúa.