El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 14. La Abuela.

Después del escándalo nacional que Camila organizó por un inocente beso en la frente, intenté trabajar.

De verdad.

Lo intenté.

Pero era difícil concentrarse cuando toda la oficina actuaba como si Edwin y yo protagonizáramos una telenovela.

—¿Cómo se llamará el primer hijo? —preguntó Mateo.

—No vamos a tener hijos.

—Todavía.

—¡MATEO!

Camila estaba tomando notas.

—Yo voto por Sofía si es niña.

—¿POR QUÉ ESTÁN HACIENDO ESTO?

Edwin, el traidor, estaba riéndose.

—No los animes.

—Yo no hice nada.

—¡Te estás riendo!

—Porque esto es gracioso.

—Voy a renunciar.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque mañana tenemos reunión con el cliente importante.

Maldito.

Tenía razón.

Otra vez.

El resto del día pasó relativamente tranquilo.

Hasta que mi teléfono sonó.

Y cuando vi el nombre en la pantalla sentí miedo.

Miedo real.

Mamá

Miré el teléfono.

El teléfono me miró a mí.

Sabía que nada bueno saldría de esa llamada.

Contesté.

—Hola.

—¡DAYANARA!

—¿Qué pasó?

—¡TU PADRE ESTÁ PRACTICANDO BAILE DE BODA!

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—¡DILE QUE PARE!

Escuché la voz de mi padre al fondo.

—¡NO PUEDES IMPEDIR EL AMOR!

—¿QUÉ AMOR? ¡NI SIQUIERA ESTOY COMPROMETIDA!

Edwin levantó la cabeza desde su escritorio.

Yo cerré los ojos.

Porque ya sabía que iba a escuchar todo.

—Mamá, por favor...

—Solo digo que si ese muchacho te pide matrimonio algún día necesito estar preparada.

—¡NO VA A PASAR PRONTO!

—Eso dicen todas.

Colgué.

Inmediatamente.

Por salud mental.

Al salir de la oficina, Edwin caminó conmigo hasta el estacionamiento.

Y durante unos segundos ninguno habló.

Lo cual ya me parecía sospechoso.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Mientes horrible.

—Tu mamá cree que voy a pedirte matrimonio.

Casi me tropiezo.

—NO LE HAGAS CASO.

—Tranquila.

—No le hagas absolutamente ningún caso.

—Dayanara.

—¿Sí?

—Estoy tranquilo.

Suspiré.

—Bien.

—Aunque debo admitir que tu padre practicando baile de boda es una imagen divertida.

—No te burles.

—Un poco sí.

Le di un golpe suave en el brazo.

Él atrapó mi mano antes de que pudiera alejarla.

Y por un segundo nos quedamos así.

Mirándonos.

Sonriendo.

Demasiado felices.

Demasiado cómodos.

Demasiado nosotros.

Dos días después llegó el desastre.

O como Sofía lo llamó:

"La planificación familiar."

Yo lo llamé:

"El inicio de mi sufrimiento."

Porque esa tarde recibí un mensaje suyo.

Sofía: Necesito fotos tuyas.

Parpadeé.

Dayanara: ¿Para qué?
La respuesta llegó inmediatamente.

Sofía: Para organizar las mesas de la boda.

Eso sonaba razonable.

Hasta que llegó el segundo mensaje.

Sofía: Y para enseñarle a la abuela quién es la novia de Edwin.

Silencio.

Largo.

Peligroso.

Mi corazón dejó de funcionar.




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