La mañana del viaje comenzó exactamente como comienzan las tragedias.
Con una maleta.
Y una crisis.
-¿Por qué traje cinco pares de zapatos? -pregunté observando el desastre sobre mi cama.
Nadie respondió.
Porque vivía sola.
Pero sentí que el universo me estaba juzgando.
Muy fuerte.
Mi teléfono vibró.
Edwin.
Sonreí automáticamente.
Otra cosa que ya se había vuelto costumbre.
Edwin: ¿Ya estás lista?
Miré la habitación.
La maleta abierta.
La ropa por todas partes.
Un vestido colgando de la lámpara.
Y una media misteriosamente encima del televisor.
Dayanara: Por supuesto.
Edwin: Mentirosa.
Dayanara: ¿Cómo lo sabes?
Edwin: Te conozco.
Y ahí estaba otra vez.
Esa sensación.
Ese pequeño calor dentro del pecho.
Porque sí.
Me conocía.
Mucho más de lo que imaginaba.
Una hora después Edwin estaba frente a mi edificio
.
Y cuando bajé con mi maleta...
Se quedó observándome unos segundos.
Demasiados segundos.
-¿Qué?
Él sonrió.
-Nada.
-Eso nunca significa nada bueno.
-Te ves hermosa.
Mi corazón decidió abandonar cualquier intento de comportamiento normal.
-Gracias.
-Y nerviosa.
-Eso también.
-Mucho.
-Demasiado.
Edwin tomó mi maleta.
-Ven.
Durante el camino al aeropuerto intenté actuar como una adulta funcional.
Intenté.
Pero fallé.
-¿Cuántos tíos tienes?
-Muchos.
-Eso no es una respuesta.
-Ni yo sé cuántos son exactamente.
-¿CÓMO NO SABES?
Edwin se estaba divirtiendo demasiado.
-Porque aparecen.
-¿Aparecen?
-Sí.
-¿Como personajes secundarios?
-Exactamente.
-Eso es aterrador.
El aeropuerto estaba lleno.
Personas corriendo.
Niños llorando.
Maletas por todas partes.
Y yo.
Intentando no pensar en el hecho de que iba a conocer a toda la familia de mi novio.
Mi novio.
Dios mío
.
Todavía me costaba acostumbrarme a esa palabra.
-Dayanara.
-¿Qué?
-Respira.
-Estoy respirando.
-Parece que estás preparándote para combatir un dragón.
-¿Y si tu abuela es un dragón?
-Mi abuela mide un metro cincuenta.
-Los dragones vienen en todos los tamaños.
Edwin casi se atragantó de la risa.
Horas después aterrizamos.
Y apenas bajé del avión sentí los nervios regresar.
Porque ahora era real.
Muy real.
Ya no era una boda futura.
Ya no era una invitación.
Ya no era una posibilidad.
Estábamos allí.
Y en algún lugar de aquella ciudad estaba la familia de Edwin.
Esperando.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Otra vez.
-Dayanara.
Levanté la vista.
Edwin había notado inmediatamente mi expresión.
Como siempre.
-¿Sí?
Él tomó suavemente mi mano.
Y entrelazó sus dedos con los míos.
-Todo va a salir bien.
Suspiré.
-Lo sé.
-¿Entonces?