La mañana siguiente desperté con una sensación extraña.
No era ansiedad.
Bueno...
No era solamente ansiedad.
Era emoción.
Porque después de semanas escuchando sobre la boda...
Finalmente había llegado el gran día.
Bueno.
Casi.
Porque aquel día era el ensayo.
Y según Sofía, el ensayo era casi tan importante como la boda.
Según Edwin, no.
Según la abuela, sí.
Y cuando una abuela opina algo, nadie discute.
—¿Por qué hay tantas flores? —pregunté.
Observaba el salón donde se celebraría la ceremonia.
Había flores en las mesas.
Flores en los pasillos.
Flores en las paredes.
Flores en lugares donde las flores no deberían existir.
Sofía sonrió.
—Porque me gustan.
—Parece que una florería explotó.
—Gracias.
—Eso no fue un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Durante el ensayo ocurrió algo que nadie esperaba.
Bueno.
Todos lo esperaban menos yo.
La familia decidió jugar un juego.
Un juego terrible.
Un juego diseñado específicamente para destruir mi estabilidad emocional.
Se llamaba:
"Historias vergonzosas de los novios."
Y aunque los novios eran Sofía y su prometido...
La familia decidió incluir a Edwin.
Y a mí.
Porque aparentemente sufrir era una actividad grupal.
—Yo empiezo —anunció un primo.
—No —dijo Edwin.
—Sí.
—No.
—Sí.
La familia votó.
Ganó el sí.
Yo ya estaba riéndome.
Porque por una vez el problema no era mío.
—Cuando Edwin tenía diecisiete años...
—No.
—...escribió una carta de amor.
Silencio.
Toda la sala explotó.
Yo giré lentamente hacia Edwin.
—¿Qué?
—No fue una carta.
—Fue una carta.
—Era una nota.
—De cuatro páginas.
Yo ya estaba llorando de la risa.
—¿CUATRO PÁGINAS?
Edwin escondió la cara entre las manos.
—Quiero renunciar a esta familia.
La abuela levantó una ceja.
—No puedes.
—Lo sé.
Aquella tarde transcurrió entre risas.
Fotografías.
Preparativos.
Y momentos inesperadamente felices.
Pero fue al anochecer cuando ocurrió algo que Dayanara jamás olvidaría.
El hotel estaba tranquilo.
La mayoría de los familiares ya se habían retirado a descansar.
El gran día sería al amanecer.
Y todos necesitaban energía.
Todos menos yo.
Porque estaba sentada sola en una terraza.
Observando las luces de la ciudad.
Pensando.
Demasiado.
Como siempre.
—Sabía que te encontraría aquí.
No necesité girarme.
Reconocería aquella voz en cualquier parte.
—Hola.
Edwin se sentó a mi lado.
Durante unos segundos ninguno habló.
El viento era suave.
La noche tranquila.
Y por alguna razón...
Todo se sentía importante.
Muy importante.
—¿Nerviosa? —preguntó.
—Un poco.
—¿Por la boda?
—No exactamente.
Él me observó.
Esperando.
Y por primera vez decidí ser completamente honesta.
—Por nosotros.
La sonrisa desapareció suavemente de su rostro.