El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 17. Esa Foto Prohibida.

Toda boda tiene un momento en el que la música baja.

Las luces se vuelven más suaves.

Y el cansancio comienza a ganar la batalla.

Ese momento llegó cerca de la medianoche.

Algunos invitados ya se habían marchado.

Otros seguían bailando.

Y los más resistentes seguían contando historias alrededor de las mesas.

Yo pertenecía al grupo de los cansados.

Muy cansados.

—No siento los pies —anuncié.

Edwin se rio.

—Llevas diciendo eso tres horas.

—Porque llevo tres horas sin sentirlos.

—Impresionante consistencia.

—Gracias.

Terminamos sentados en una mesa junto a la abuela.

Error.

Porque la abuela tenía energía infinita.

—Cuando conocí a mi esposo...

Todos guardamos silencio.

Porque aquello era una historia importante.

La abuela sonrió.

Y por primera vez aquella noche pareció más joven.

Más suave.

Más nostálgica.

—Yo tampoco quería enamorarme.

Mi corazón se detuvo un instante.

Porque aquella frase me resultó demasiado familiar.

—¿No? —preguntó Sofía.

—No.

—¿Por qué?

La abuela se encogió de hombros.

—Porque era terca.

Toda la familia comenzó a reír.

—Eso sigue siendo verdad —comentó un tío.

La abuela lo fulminó con la mirada.

El tío guardó silencio inmediatamente.

Sabia decisión.

—¿Y qué pasó? —pregunté.

La abuela me miró.

Y sonrió.

—Pasó que me enamoré igual.

Las risas disminuyeron.

Y durante unos segundos todos escucharon.

—A veces creemos que podemos controlar esas cosas.

—¿Y no podemos? —preguntó Sofía.

—No siempre.

La mirada de la abuela se deslizó lentamente hacia Edwin.

Y después hacia mí.

Solo un segundo.

Pero lo suficiente.

—Algunas personas llegan para quedarse.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Porque sentí que aquella conversación ya no hablaba únicamente de ella.

Más tarde ayudamos a recoger algunas cosas.

Bueno.

Yo ayudé.

Edwin intentó ayudar.

Pero terminó siendo interceptado por siete familiares distintos.

Era impresionante.

—¿Siempre ocurre esto?

—Siempre.

—¿Nunca te dejan tranquilo?

—Jamás.

—Pobre de ti.

—Gracias por tu compasión.

—No era compasión.

—Lo imaginé.

Cerca de la una de la madrugada finalmente escapamos.

Literalmente escapamos.

Porque Sofía intentó asignarnos tareas adicionales.

Y decidimos huir.

Por supervivencia.

Caminábamos por los jardines iluminados del hotel.

La noche estaba fresca.

Silenciosa.

Muy diferente al bullicio de la boda.
Y por primera vez en horas estábamos completamente solos.

—Fue un buen día.

—Sí.

—Tu hermana se veía feliz.

—Mucho.

—Y tu familia está completamente loca.

—También.

Sonreí.

Y entonces Edwin tomó mi mano.

Como siempre.

De forma natural.

Como si llevara haciéndolo toda la vida.

—Gracias por venir.

Lo miré.

—Ya me diste las gracias como veinte veces.

—Voy a seguir haciéndolo.

—Qué insistente.

—Muchísimo.

Nos detuvimos junto a una fuente.

Las luces reflejaban pequeños destellos sobre el agua.




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