El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 19. Mi Cartera.

Cometí un error.

Un error enorme.

Gigante.

Histórico.

Porque dejé solo a Edwin con mi familia.

Cuando regresé del jardín después de buscar algo de beber...

No encontré a Edwin.

Lo busqué entre las mesas.

Entre los primos.

Entre los tíos.

Nada.

Desaparecido.

Evaporado.

Secuestrado.

Probablemente secuestrado.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Dónde está Edwin?

Mi madre sonrió.

Demasiado.

—Con la familia.

Sentí miedo.

Miedo real.

—¿Qué familia?

—Toda la familia.

—Mamá.

—¿Qué?

—¿Dónde exactamente?

Ella señaló una esquina del patio.

Y entonces lo vi.

Oh no.

Estaba sentado en una silla.

Completamente rodeado.

Por mis tías.

Mis primas.

Mi abuela materna.

Tres vecinas.

Y la señora Josefina.

Era literalmente un juicio.

—¡EDWIN!

Intenté acercarme.

Pero mi prima Mariana apareció frente a mí.

Bloqueando el paso.

—No.

—¿Qué significa no?

—Está ocupado.

—Es mi novio.

—Precisamente.

—MARIANA.

—Las reglas son las reglas.

—¿QUÉ REGLAS?

—El interrogatorio.

Quise llorar.

Desde donde estaba pude escuchar fragmentos de la conversación.

—¿Cuáles son tus intenciones con mi nieta?

Preguntó la abuela.

Directamente.

Sin anestesia.

—Abuela...

—No te pregunté a ti.

—Sí, señora.

Respondió Edwin.

Sorprendentemente tranquilo.

—¿La haces feliz?

—Intento hacerlo.

—Respuesta correcta.

Mi familia asintió.

Como si estuvieran evaluando una entrevista laboral.

—¿Sabes cocinar?

Preguntó una tía.

—Más o menos.

—¿Cambias focos?

Preguntó otra.

—Sí.

—¿Armas muebles?

—Sí.

—Perfecto.

—¿Perfecto para qué?

Preguntó Edwin.

—Para sobrevivir a esta familia.

Toda la mesa comenzó a reír.

Yo estaba horrorizada.

Y Edwin también.

Pero él lo ocultaba mejor.

Lo peor llegó diez minutos después.

Porque alguien sacó fotografías.

Otra vez.

Siempre fotografías.

—Miren esta.

Dijo mi madre.

NO.

Era una foto mía a los doce años.

Usando lentes enormes.

Y sosteniendo una guitarra que jamás aprendí a tocar.

—Era una etapa.

Intenté defenderme.

—Duró tres días.

Dijo papá.

—Gracias por el apoyo.

—De nada.

Toda la familia se reía.

Incluso Edwin.

El traidor.

—Me gusta esta.

Dijo él.

—No.

—Muchísimo.

—No.

—Se parece a la actual.

—¿Estás diciendo que sigo siendo rara?

—Siempre has sido rara.

—Gracias.

—Es un cumplido.




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