El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 20. Camila y Mamá Son Amigas.

El problema de que algo vergonzoso ocurra en una familia grande...

Es que nadie lo olvida.

Jamás.

Nunca.

Ni aunque se lo supliques.

Y mi familia era experta en eso.

Cuando regresamos a casa aquella tarde, todavía estábamos riéndonos de lo ocurrido.

Bueno.

Yo estaba riéndome.

Edwin seguía intentando recuperar la poca dignidad que le quedaba.

—No fue tan heroico.

—Perseguiste a un ladrón por tres calles.

—Sí.

—Te lanzaste encima de él.

—Sí
—Como un superhéroe.

—No.

—Como un protagonista romántico.

—Mucho menos.

Entramos a la casa.

Y el silencio me pareció sospechoso.

Muy sospechoso.

Porque mi familia jamás estaba en silencio.

—¿Mamá?

Nada.

—¿Papá?

Nada.

—Esto da miedo.

Murmuró Edwin.

—Lo sé.

Entramos a la sala.

Y entonces entendimos.

Toda la familia estaba reunida frente al televisor.

Toda.

Y cuando digo toda...

Me refiero a absolutamente toda.

Tíos.

Primos.

Vecinos.

La señora Josefina.

Incluso el perro de la vecina estaba allí.

—¿Qué ocurre?

Pregunté.

Mi prima Mariana levantó el control remoto.

—Llegaron.

—¿Llegamos a dónde?

Entonces presionó un botón.

Y apareció un video.

Un video grabado por alguien durante la persecución.

Oh no.

OH NO.

Porque alguien había grabado a Edwin persiguiendo al ladrón.

Toda la persecución.

Completa.

—¿QUÉ ES ESTO?

—Internet.

Respondió mi primo.

—¿INTERNET?

—Se volvió viral en Guadalajara.

Silencio.

Miré a Edwin.

Edwin me miró.

Los dos queríamos desaparecer.

En el video podía escucharse claramente una señora narrando la persecución.

"¡Mírenlo correr!"

"¡Ese hombre está enamorado!"

"¡Por el amor de Dios, atrapó al ladrón!"

Toda la sala explotó en carcajadas.

—No puedo respirar.

Dijo mi padre.

—Yo tampoco.

Confesó mi madre.

Incluso la abuela estaba llorando de la risa.

Edwin se dejó caer en una silla.

—Quiero volver a casa.

—Esta es tu casa.

Respondió mi madre inmediatamente.

—Eso tampoco ayuda.

Las risas aumentaron.

Lo peor llegó después.

Porque la señora Josefina se puso de pie.

Eso jamás terminaba bien.

—Quiero decir unas palabras.

—No.

Dije inmediatamente.

—Sí.

Respondió ella.

—No.

—Sí.

Ya nadie me escuchaba.

—Hoy hemos visto algo importante.

Declaró solemnemente.

Toda la familia guardó silencio.

Y eso fue aún más preocupante.

—Hemos visto a un hombre dispuesto a correr por amor.

Edwin cerró los ojos.

—Señora, por favor...

—No interrumpas mi discurso.

—Perdón.

La señora Josefina continuó.

—Y si corre así detrás de una cartera...

Imaginen cómo correrá detrás de sus hijos.

Silencio.

Absoluto.

Mi alma abandonó mi cuerpo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.