La vida me ha enseñado muchas cosas.
Por ejemplo:
No mezclar café con demasiada azúcar.
No confiar en los GPS cuando dicen "ruta rápida".
Y jamás subestimar a Camila.
Jamás.
La mañana siguiente comenzó con normalidad.
Lo cual era una trampa.
Porque en mi vida la normalidad siempre era una trampa.
Llegué a la oficina.
Me senté.
Encendí la computadora.
Y durante unos gloriosos quince minutos nadie mencionó Guadalajara.
Quince minutos.
Un récord.
Entonces apareció Camila.
Corriendo.
—¡Reunión!
—¿Qué reunión?
Pregunté.
—La importante.
—Eso no responde nada.
—El cliente grande.
—Ah.
Ahora sí entendí.
Durante semanas habíamos estado trabajando en una campaña enorme para una cadena nacional de hoteles.
Era el proyecto más importante del trimestre.
Y aquella mañana tendríamos la presentación final.
Todos comenzaron a reunirse en la sala principal.
Mateo llevaba una laptop.
Los diseñadores llevaban carpetas.
El director parecía estresado.
Y Camila parecía peligrosamente feliz.
Eso jamás era buena señal.
Media hora después llegó la delegación del cliente.
Varias personas.
Trajes elegantes.
Caras serias.
Y una mujer de aproximadamente cincuenta años que parecía estar analizando absolutamente todo.
La reunión comenzó.
Las primeras presentaciones salieron perfectas.
Los gráficos funcionaron.
Los diseños gustaron.
Las cifras impresionaron.
Todo iba bien.
Demasiado bien.
Lo que significaba que el desastre estaba cerca.
Y efectivamente llegó.
Porque durante una pausa informal, una de las representantes del cliente sonrió.
Y señaló hacia Edwin y hacia mí.
—Ustedes hacen muy buen equipo.
Sonreí educadamente.
—Gracias.
—Se nota que se conocen muy bien.
Sentí una punzada de peligro.
Edwin también.
Lo vi porque tomó agua demasiado rápido.
—Trabajamos juntos desde hace tiempo.
Respondió él.
—Se nota.
Dijo la mujer.
Luego sonrió.
—Mi esposo y yo éramos iguales cuando empezamos a salir.
Silencio.
Absoluto.
Silencio.
Desde alguna parte escuché a Camila ahogándose.
Probablemente de felicidad.
—Oh.
Fue todo lo que logré decir.
—¿Cuánto tiempo llevan juntos?
Preguntó la mujer.
Y entonces ocurrió.
El peor momento posible.
Porque justo en ese instante...
Camila dejó caer una carpeta.
A propósito.
Estoy convencida.
Toda la sala giró hacia nosotros.
Esperando una respuesta.
Yo quería desaparecer.
Edwin también.
Pero el cliente seguía esperando.
Y el director nos observaba como si nos estuviera suplicando que no arruináramos la reunión.
Entonces Edwin sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Y respondió:
—Lo suficiente para saber que ella siempre llega tarde.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Y lo suficiente para saber que odia las aceitunas.
La representante comenzó a reír.
—Eso sí es conocerse.
—También sé que habla sola cuando está concentrada.
Continuó Edwin.
—¡EDWIN!