Dos días después de la tragedia de la servilleta.
Sí.
La tragedia.
Porque Camila seguía hablando de ello como si hubiera sido una boda.
Tomé una decisión.
Necesitaba hablar con alguien.
Alguien sensato.
Alguien objetivo.
Alguien que no conociera a mi madre.
Ni a Camila.
Ni a Mateo.
Por eso terminé sentada en el consultorio de mi psicóloga.
La doctora Valeria.
Ella me observó desde su sillón.
Con aquella expresión tranquila que siempre tenía.
—Te ves pensativa.
Solté una carcajada.
—Esa es una forma elegante de decir que parezco un desastre.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
—Tampoco.
Sonreí.
Me gustaba hablar con ella.
Porque nunca intentaba decirme lo que quería escuchar.
Solo me ayudaba a ordenar mis pensamientos.
Y últimamente...
Mis pensamientos eran un caos.
—¿Qué ha pasado esta semana?
Preguntó.
Suspiré.
—Mi madre fingió una lesión para obligarme a viajar.
Valeria parpadeó.
—¿Perdón?
—Es una larga historia.
—Lo imagino.
—Luego un ladrón me robó la cartera.
—¿Qué?
—Y Edwin lo persiguió.
—¿Edwin?
—Sí.
—¿El mismo Edwin del que llevamos meses hablando?
—Ese mismo.
—¿Y atrapó al ladrón?
—Sí.
Valeria permaneció en silencio unos segundos.
—Definitivamente necesito más contexto.
Me reí.
Muchísimo.
Y durante varios minutos terminé contándole todo.
Guadalajara.
Mi familia.
La fiesta.
Las fotos.
La persecución.
Los rumores.
La oficina.
Camila.
Especialmente Camila.
Porque Camila merecía una categoría propia.
Cuando terminé...
Valeria parecía estar intentando no reírse.
—Tu vida parece una comedia romántica.
—No me digas eso.
—¿Por qué?
—Porque las comedias románticas terminan mal en la vida real.
Por primera vez en toda la sesión...
Mi sonrisa desapareció.
Y ella lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—Ah.
Dijo suavemente.
—Ah.
Repetí.
El silencio llenó la habitación.
Hasta que finalmente lo dije.
Lo que llevaba semanas evitando decir en voz alta.
—Estoy muy enamorada de él.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Y por primera vez no intenté disfrazarlas con una broma.
No intenté cambiar de tema.
No intenté escapar.
Simplemente lo admití.
—Estoy muy enamorada de Edwin.
Sentí un nudo en la garganta.
—Muchísimo.
Valeria asintió.
Como si ya lo supiera.
Probablemente lo sabía.
—¿Y eso te asusta?
Preguntó.
Me quedé mirando mis manos.
—Sí.
—¿Por qué?
Tardé varios segundos en responder.
Porque conocía la respuesta.
Solo que no me gustaba.
—Porque todo parece demasiado perfecto.
Mi voz salió más baja.
Más vulnerable.
—¿Perfecto?
—Sí.
Respiré profundamente.
—Nos llevamos bien.
Nos divertimos juntos.