La mañana siguiente desperté sonriendo.
Y eso ya era sospechoso.
Muy sospechoso.
Porque normalmente despertaba pensando en el café.
En el trabajo.
O en cómo evitar reuniones innecesarias.
Pero aquella mañana desperté pensando en Edwin.
Y en el beso.
Especialmente en el beso.
Me escondí debajo de las sábanas.
—No.
Murmuré.
Mi cerebro decidió reproducir cada segundo de la noche anterior.
—No.
Otra vez.
Y justo cuando estaba considerando quedarme escondida para siempre...
Mi teléfono sonó.
Edwin.
Me quedé mirando la pantalla.
Sonriendo como una tonta.
—Dios mío.
Contesté.
—Hola.
—Hola.
Su voz sonaba igual de feliz.
Y aquello debería ser ilegal.
—¿Ya estás despierta?
Preguntó.
—Lamentablemente sí.
—Bien.
—¿Por qué?
—Porque quería asegurarme de que lo de anoche fue real.
Mi corazón dio una voltereta.
—Fue real.
Silencio.
Un silencio bonito.
—Perfecto.
Dijo él.
Y por alguna razón aquella palabra me hizo sonreír todavía más.
Dos horas después llegué a la oficina.
Cometí un error.
Un error enorme.
Porque olvidé algo importante.
Camila existía.
Apenas crucé la puerta...
Ella apareció.
Corriendo.
Como una gacela del chisme.
—¡DAYANARA!
—No.
—¡DAYANARA!
—NO.
—¡CUÉNTAME!
Toda la oficina giró.
Toda.
Mateo apareció.
No sabía de dónde.
Nunca lo sabía.
—¿Qué pasó?
Preguntó.
—No lo sé.
Dijo Camila.
—Pero algo pasó.
—¿Cómo sabes?
—Mírala.
Todos me miraron.
Yo quería renunciar.
—¿Qué tiene mi cara?
—Está feliz.
Silencio.
—Eso no significa nada.
—Significa todo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Mateo levantó una mano.
—Yo también voto que sí.
—Nadie te preguntó.
—Lo sé.
Intenté escapar.
No funcionó.
Porque media hora después Edwin llegó.
Y cometió un error todavía peor.
Me sonrió.
Así.
Naturalmente.
Como si no hubiera una oficina llena de personas observándonos.
Silencio.
Absoluto.
Camila abrió mucho los ojos.
Mateo dejó caer su bolígrafo.
La recepcionista dejó de escribir.
Incluso el director parecía confundido.
—Oh.
Dijo Camila.
—Oh.
Repitió Mateo.
—¿Qué significa "oh"?
Pregunté.
—Lo saben.
Dijo la recepcionista.
—¿Quiénes?
—Todos.
Mi alma abandonó mi cuerpo.
A la hora del almuerzo ocurrió la tragedia definitiva.
Porque Edwin se sentó a mi lado.
Como siempre.
Y sin pensar...
Tomó una de mis papas fritas.
Automáticamente.
Como si llevara años haciéndolo.