El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 24. En Las Alturas.

El sábado por la mañana desperté convencida de que tendría un día tranquilo.

Lo cual fue mi primer error.

El segundo error fue confiar en Edwin.

Y el tercero...

Fue dejar que me vendara los ojos.

—Esto es una mala idea.

Dije mientras avanzábamos.

—Confía en mí.

Respondió Edwin.

—Las últimas palabras famosas.

—Exagerada.

—Si aparezco en una montaña, voy a demandarte.

—No estamos en una montaña.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que me está llevando a una montaña.

Escuché su risa.

Y sinceramente...

Aquello me relajó un poco.

Solo un poco.

Porque seguía caminando completamente ciega.

—¿Ya llegamos?

—Casi.

—¿Ya?

—No.

—¿Ahora?

—Tampoco.

—¿Ahora?

—Dayanara.

—¿Qué?

—Llevamos treinta segundos caminando.

Silencio.

—Ah.

Finalmente nos detuvimos.

Escuché voces.

Mucha gente.

También escuché algo extraño.

Como el sonido de una tela enorme moviéndose con el viento.

Fruncí el ceño.

—¿Dónde estamos?

—Sorpresa.

Eso no respondía nada.

Y lo sabía.

Entonces sentí que Edwin se colocaba detrás de mí.

—¿Lista?

—No.

—Perfecto.

—Eso tampoco funciona así.

Y entonces me quitó la venda.

Parpadeé varias veces.

Y vi el enorme globo aerostático.

Silencio.

Absoluto.
Mi cerebro tardó tres segundos en procesarlo.

Uno.

Dos.

Tres.

—No.

Dije.

—¿Qué?

Preguntó Edwin.

—No.

—Dayanara...

—NO.

—Pero...

—NO.

—Escúchame.

—NO.

Las personas alrededor comenzaron a mirarnos.

Una señora se estaba riendo.

Yo no.

Porque aquel globo era enorme.

Gigante.

Enorme.

Y tenía una característica horrible.

Estaba arriba.

MUY arriba.

Edwin parpadeó.

—¿Tienes miedo a las alturas?

Silencio.

—¿Recién te enteras?

—Sí.

—¿Después de un año juntos?

—Técnicamente llevamos una semana siendo novios.

—NO ES EL PUNTO.

La señora seguía riéndose.

Yo empezaba a considerar correr.

Cinco minutos después.

Por alguna razón inexplicable.

Estaba dentro del globo.

Y odiaba todo.

Absolutamente todo.

—Estoy tranquila.

Mentí.

—Claro que sí.

Respondió Edwin.

—Estoy perfectamente tranquila.

—Te estás aferrando a mi brazo.

—Porque me gusta tu brazo.

—Lo estás estrangulando.

—Detalles.

El globo comenzó a elevarse.

Y mi alma abandonó mi cuerpo.

—EDWIN.

—¿Sí?

—ESTAMOS SUBIENDO.

¿Qué pasó?

—MIRÉ.

—¿Hacia abajo?

—SÍ.

—Bueno...

—NO DIGAS BUENO.

Él estaba intentando no reírse.

Lo veía.




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