El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 25. Mono Enamorado.

Después de la tragedia de la paloma.

Después de ganar una competencia que claramente no merecíamos.

Después de que Mateo bautizara a Edwin como "El enemigo natural de las aves"...

Pensé que el día finalmente había terminado.

Otra vez me equivoqué.

Porque Camila seguía viva.

Y eso siempre significaba problemas.

Cuando cayó la noche, la empresa organizó una fogata en el centro de la hacienda.

Había luces colgantes.

Música suave.

Comida.

Y un ambiente sorprendentemente agradable.

Incluso yo tenía que admitirlo.

—Esto no está tan mal.

Comenté.

—¿Lo dices en serio?

Preguntó Edwin.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Nos sentamos cerca de la fogata.

Por primera vez en todo el día nadie estaba corriendo.

Nadie gritaba.

Nadie caía en barro.

Era paz.

Hermosa paz.

Duró exactamente cuatro minutos.

Porque Camila tomó un micrófono.

Silencio.

Toda la oficina la miró.

Yo sentí miedo.

—No.

Susurré.

—Sí.

Respondió Mateo.

Ya ni siquiera me sorprendía.

—Para terminar esta maravillosa convivencia...

Anunció Camila.

—Va a pasar algo horrible.

Le dije a Edwin.

—Estoy de acuerdo.

—Haremos una dinámica.

—Ahí está.

—Cada persona contará una historia vergonzosa.

Toda la oficina comenzó a protestar.

Yo también.

Especialmente yo.

Porque mi vida era una colección de historias vergonzosas.

Las primeras historias fueron normales.

Alguien contó cómo confundió a un cliente.

Otro habló de una presentación desastrosa.

Incluso Mateo confesó que una vez envió un correo romántico por error a toda la empresa.

—¿QUÉ?

Preguntamos todos.

—Fue una época difícil.

Respondió.

Pero entonces llegó nuestro turno.

Y Camila sonrió.

La sonrisa del demonio.

—Dayanara.

—No.

—Dayanara.

—No.

—Dayanara.

—No.

—Cuéntales lo del globo.

Silencio.

Miré a Edwin.

Él estaba intentando no reírse.

Traidor.

—No ocurrió nada.

Mentí.

Toda la oficina comenzó a gritar.

—¡MENTIRA!

—¡LA FOTO!

—¡EL VÓMITO!

—¡EL ARBUSTO!

Quise desaparecer.

Inmediatamente.

Y entonces sucedió algo inesperado.

Porque Edwin levantó la mano.

—Yo tengo una historia.

Toda la oficina guardó silencio.

Camila sonrió.

—Adelante.

Edwin me miró.

Y sonrió.

Aquella sonrisa.

La que siempre lograba desarmarme.

—La historia más vergonzosa de mi vida comenzó hace más de un año.

Fruncí el ceño.

—Conocí a una mujer insoportable.

Toda la oficina explotó en carcajadas.

—¡OYE!

Protesté.

—Déjame terminar.

—Te estoy vigilando.

—Lo sé.

Las risas continuaron.

Y entonces su expresión cambió.

Se volvió más suave.

Más sincera.

—Era terca.

—Cierto.

Dijo Mateo.




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