Hay una cosa que nunca le he dicho a Dayanara.
Bueno.
Hay muchas cosas.
Pero esta en particular siempre me hace gracia.
Porque cuando la conocí...
Estaba convencido de que jamás seríamos amigos.
Ni amigos.
Ni compañeros.
Ni nada.
Porque la primera conversación que tuvimos terminó en una discusión.
La segunda también.
Y la tercera...
Sorprendentemente...
También.
Era impresionante.
Discutíamos por todo.
Por campañas.
Por colores.
Por ideas.
Una vez discutimos durante veinte minutos sobre una tipografía.
Una tipografía.
Y lo peor...
Es que ninguno de los dos tenía razón.
Ahora estaba sentado junto a ella en la oficina.
Trabajando.
O fingiendo trabajar.
Porque sinceramente me estaba costando concentrarme.
No era culpa mía.
Bueno.
Quizás un poco.
Porque Dayanara estaba concentrada leyendo algo en su computadora.
Y cuando se concentraba...
Mordía ligeramente el interior de su mejilla.
Era una manía.
Una que probablemente ni siquiera sabía que tenía.
Y yo la observaba.
Porque después de todo este tiempo...
Seguía descubriendo cosas nuevas sobre ella.
—¿Por qué me miras?
Preguntó sin levantar la vista.
Parpadeé.
—¿Cómo sabes que te estoy mirando?
—Porque siempre haces silencio.
Silencio.
—Eso es inquietantemente específico.
—Te conozco.
Respondió simplemente.
Y por alguna razón...
Aquellas dos palabras me hicieron sonreír.
A la hora del almuerzo escapamos.
O lo intentamos.
Porque escapar de Camila era imposible.
Era como una fuerza de la naturaleza.
O una maldición.
Todavía no estaba seguro.
Pero aquel día logramos llegar primero al restaurante.
Y por primera vez en semanas...
Estábamos solos.
Solo nosotros.
Sin monos.
Sin barro.
Sin globos.
Sin Mateo narrando nuestras vidas.
Era maravilloso.
—Te ves feliz.
Dijo Dayanara.
Sonreí.
—Lo estoy.
Ella levantó una ceja.
—¿Por qué?
La observé unos segundos.
Porque la respuesta era sencilla.
Ridículamente sencilla.
—Porque estoy contigo.
Silencio.
Inmediatamente sus mejillas se pusieron rojas.
Y eso...
Eso jamás dejaría de gustarme.
—Eso fue cursi.
Murmuró.
—Lo sé.
—Mucho.
—Lo sé.
—Demasiado.
—Lo sé.
Terminó riéndose.
Y yo también.
Porque me encantaba hacerla reír.
Después de comer decidimos caminar un poco antes de regresar a la oficina.
La tarde estaba agradable.
Y por primera vez en mucho tiempo...
No había prisa.
Entonces Dayanara señaló una pequeña librería.
—Mira.
Seguí su mirada.
Y sonreí.
Porque en el escaparate había una copia del libro que había estado leyendo meses atrás.
"El Amor No Es Como Lo Pintan".
El famoso libro.
El libro que había provocado más reflexiones existenciales que cualquier terapeuta.
—Ese libro tiene demasiada influencia en nuestra relación.