El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo 27. Una Propuesta.

Mentirle a Dayanara era difícil.

Muy difícil.

Porque me conocía demasiado.

Sabía cuándo estaba nervioso.

Sabía cuándo ocultaba algo.

Y lo peor...

Sabía cuándo sonreía de una manera sospechosa.

Justamente como estaba sonriendo ahora.

—¿Qué hiciste?

Preguntó Dayanara mientras salíamos de la oficina.

Silencio.

—Nada.

Respondí.

—Mentiroso.

—¿Por qué?

—Porque tienes la sonrisa de "hice algo y voy a arrepentirme cuando ella lo descubra".

Parpadeé.

—Esa descripción es demasiado específica.

—Te conozco.

Y allí estaba el problema.

Me conocía demasiado.

Porque llevaba dos meses organizando una sorpresa.

Dos meses.

De llamadas.

Mensajes.

Secretos.

Y conspiraciones.

Muchas conspiraciones.

Principalmente con Camila.

Lo cual había sido un error.

Un enorme error.

Porque Camila disfrutaba demasiado los secretos.

Todo comenzó después del viaje a Guadalajara.

Después de conocer a la familia de Dayanara.

Después de ver cómo se reían juntos.

Cómo se cuidaban.

Cómo se querían.

Aquella noche comprendí algo.

No quería imaginar mi futuro sin ella.

Y cuando una idea entró en mi cabeza...

Ya no salió.

Por eso ahora estaba sentado en una cafetería.

Frente a dos personas peligrosas.

Muy peligrosas.

La madre de Dayanara.
Y Camila.

La combinación más aterradora del planeta.

—¿Entonces cuándo se lo pedirás?
Preguntó Patricia.

—Mamá.

Dijo Camila.

—No soy tu hija.

—Hoy sí.

Camila sonrió.

Yo sentí miedo.

Mucho miedo.

Sobre la mesa había fotografías.

Mapas.

Reservaciones.

Y una imagen de la playa.

Arena blanca.

Agua turquesa.

Palmeras.

Isla Saona.

El lugar perfecto.

—Va a llorar.

Dijo Patricia.

—Definitivamente.

Respondió Camila.

—Yo también lloraré.

—Tú lloras con los comerciales.

—Eso no viene al caso.

Mientras ellas discutían...

Yo observé la pequeña caja que llevaba en el bolsillo.

La caja.

Y por primera vez en mucho tiempo...

Sentí nervios.

Nervios reales.

Porque aquello era diferente.

Muy diferente.

Una semana después.

Llegó el gran día.

Y Dayanara no sospechaba absolutamente nada.

Bueno.

Casi nada.

Porque empezó a sospechar cuando le dije que preparara una maleta.

—¿Por qué?

Preguntó.

—Vacaciones.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Eso no responde nada.

—Lo sé.

La sospecha aumentó cuando llegamos al aeropuerto.

—Edwin.

—¿Sí?

—¿Qué está pasando?

—Nada.

—Otra mentira.

—Quizás.

Pero cuando aterrizamos...

La sospecha desapareció.

Porque estaba demasiado ocupada admirando el paisaje.

Y sinceramente...

La entendía.

El mar parecía sacado de una postal.

El cielo era perfecto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.