Cometí un error.
Un error enorme.
Gigantesco.
Monumental.
Le dije a mi familia que quería casarme en Disney.
Y ahora estaba pagando las consecuencias.
Todo comenzó cuando mi madre apareció corriendo por la playa con una libreta.
No una libreta normal.
Una libreta de planificación.
La libreta del apocalipsis.
—¡Tenemos que empezar a organizar la boda!
Gritó.
—Mamá, me comprometí hace veinte minutos.
—Y ya vamos tarde.
Silencio.
—¿Tarde para qué?
—Para todo.
Cinco minutos después...
Toda la familia estaba reunida.
Toda.
Absolutamente toda.
Y yo estaba sentada en medio de ellos.
Como si estuviera siendo juzgada por un tribunal.
Lo cual, sinceramente, era bastante parecido.
—Bien.
Dijo mi madre.
—Escuchemos las ideas de la novia.
Sonreí.
Ingenuamente.
Porque pensé que me apoyarían.
Qué inocente era.
—Quiero casarme en Disney.
Silencio.
Absoluto.
El silencio más largo de la historia.
Incluso las olas parecieron detenerse.
Mi tía Carmen fue la primera en reaccionar.
—¿Disney?
—Sí.
—¿Con Mickey Mouse?
—Sí.
—¿Y princesas?
—Sí.
—Ay, Dios mío.
Mi primo Alejandro comenzó a reír.
—Tiene treinta años y quiere casarse como una princesa.
—Te recuerdo que tú tienes treinta y dos y coleccionas figuras de superhéroes.
Silencio.
—Eso fue un golpe bajo.
—Y merecido.
Mi abuela levantó una mano.
Todos guardaron silencio.
Porque cuando la abuela hablaba...
Todo el mundo escuchaba.
—¿Habrá comida?
—Sí.
—Entonces apruebo Disney.
—¡GRACIAS, ABUELA!
—Siempre fui tu favorita.
—Abuela.
Dijo mi madre.
—No ayudes.
Entonces comenzó el verdadero caos.
Porque todos tenían opiniones.
TODOS.
—Las bodas deben ser elegantes.
—Disney es elegante.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Edwin observaba aquello como quien presencia un documental sobre animales salvajes.
—¿Y cómo entrarás?
Preguntó un tío.
—En carruaje.
Varias personas se llevaron las manos a la cabeza.
—¿Y quién te entregará?
—Mi padre.
—¿Vestido blanco?
—Sí.
—¿Y las princesas?
—También.
—¿Todas?
—Si puedo, sí.
Mi madre cerró los ojos.
Lentamente.
Como si intentara encontrar paz espiritual.
—Dayanara...
Dijo finalmente.
—¿Sí?
—¿Qué sigue?
—¿Cómo que qué sigue?
—¿Un dragón?
—No sería mala idea.
Edwin comenzó a ahogarse de la risa.
—¡NO TE RÍAS!
Le grité.
—Lo intento.
—No lo suficiente.
—Definitivamente no.
Mi madre apuntó algo en la libreta.
Y me preparé para la crítica.
Porque la conocía.
La veía venir.
Pero para mi sorpresa...