Había llegado el día.
La presentación.
La más importante del mes.
Una campaña enorme.
Un cliente importante.
Semanas de trabajo.
Horas de preparación.
Y una oportunidad perfecta para demostrar que todavía era una profesional seria.
Spoiler:
No lo logré.
Aquella mañana entré a la sala de juntas decidida a dar una presentación impecable.
Llevaba mis diapositivas listas.
Mi discurso preparado.
Y suficiente café para alimentar una ciudad pequeña.
Todo estaba perfecto.
Hasta que mi madre despertó.
—¿Estás nerviosa?
Preguntó Edwin antes de entrar.
—Un poco.
—Te irá bien.
—Gracias.
Me dio un beso en la frente.
Y por un momento sentí que todo saldría perfecto.
Qué equivocada estaba.
La reunión comenzó.
Los directivos estaban presentes.
Los clientes también.
Incluso el jefe general había asistido.
Todo iba de maravilla.
—Como pueden observar en esta estrategia de mercado...
Comencé.
Los asistentes tomaban notas.
Asentían.
Prestaban atención.
Era un éxito.
Hasta que mi teléfono vibró.
Mamá
Ignoré la llamada.
Continué hablando.
Dos minutos después.
Volvió a sonar.
Mamá
Ignorada nuevamente.
Dos minutos después.
Otra vez.
Mamá
Silencio.
Edwin me miró desde el otro extremo de la sala.
Yo lo miré.
Ambos sabíamos lo que estaba ocurriendo.
La presentación continuó.
Y entonces sucedió.
Lo peor.
Porque mi madre decidió que si no contestaba...
Tomaría medidas más extremas.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Pero esta vez no era una llamada.
Eran mensajes.
Muchos mensajes.
Demasiados mensajes.
Tantos mensajes que el teléfono vibraba sin detenerse.
Parecía poseído.
El cliente levantó una ceja.
Yo fingí que nada ocurría.
Pero entonces apareció una notificación en la pantalla conectada al proyector.
Porque había sincronizado accidentalmente mi computadora.
Y todos pudieron leer:
"¿Te gusta más el vestido con brillo o el vestido con más brillo?"
Mamá
Silencio.
Absoluto.
Quise morir.
El jefe cerró los ojos.
Edwin se tapó la cara.
Mateo comenzó a llorar de la risa.
Y Camila directamente abandonó toda esperanza de comportarse como una adulta.
—Continuemos.
Dije.
Como si nada hubiera pasado.
Entonces apareció otro mensaje.
"Urgente. ¿Quieres tres o cinco pisos de pastel?"
Silencio.
Y otro.
"¿Los caballos del carruaje deben ser blancos o brillantes?"
Y otro.
"¿Crees que Elsa estaría disponible?"
El cliente ya estaba riéndose.
El jefe también.
Y yo estaba considerando cambiar de identidad.
Finalmente terminé la presentación.
Milagrosamente.
Y para mi sorpresa...
El proyecto fue aprobado.
Con entusiasmo.
Cuando terminó la reunión...
Mi jefe me llamó a su oficina.
Sentí miedo.
Mucho miedo.
Porque asumí que me despediría.
Y sinceramente...