(Narrado por Dayanara)
El tiempo es extraño.
Muy extraño.
Porque durante meses sentí que la boda estaba lejísimos.
Tan lejos que parecía un problema de otra persona.
Algo que ocurriría en un futuro distante.
Un futuro donde yo sería más organizada.
Más madura.
Más preparada.
Spoiler:
Nada de eso ocurrió.
Porque un día desperté.
Miré el calendario.
Y descubrí que faltaban solamente...
Dos días.
DOS.
Todo comenzó un martes por la mañana.
Yo estaba desayunando tranquilamente.
Un café.
Una tostada.
Y cinco minutos de paz.
Los últimos cinco minutos de paz de mi vida.
Porque la puerta de nuestro apartamento se abrió de golpe.
Y apareció mi madre
Sin tocar.
Sin avisar.
Como una fuerza de la naturaleza.
-¡DOS DÍAS!
Gritó.
Escupí café.
Edwin casi dejó caer la taza.
-¿Qué?
Pregunté.
-¡DOS DÍAS!
Repitió.
-¿Dos días para qué?
Silencio.
Mi madre me observó.
Como si acabara de preguntar cuál era mi nombre.
-Para tu boda.
Miré el calendario.
Y sentí que el alma abandonaba mi cuerpo.
Porque tenía razón.
Faltaban exactamente cuarenta y ocho horas.
-No.
Susurré.
-Sí.
Respondió ella.
-No.
-Sí.
-NO.
-SÍ.
Edwin comenzó a reír.
El traidor.
Mi madre entró cargando tres carpetas.
Dos cajas.
Una agenda.
Y una energía que debería ser estudiada científicamente.
-Tenemos mucho que hacer.
-¿Qué falta?
Preguntó Edwin.
Mi madre abrió una carpeta.
Y comenzó a leer.
-Confirmar flores.
Confirmar invitados.
Confirmar transporte.
Confirmar iluminación.
Confirmar fuegos artificiales.
Confirmar música.
Confirmar comida.
Confirmar postres.
Confirmar decoración.
Confirmar fotografías.
Confirmar maquillaje.
Confirmar peinado.
Confirmar vestidos.
Confirmar zapatos.
Confirmar...
-¡BASTA!
Grité.
Porque me estaba dando ansiedad.
Mi madre ni siquiera respiró.
Siguió hablando.
-Además debemos revisar el castillo.
Silencio.
-¿Qué castillo?
Preguntó Edwin.
-El castillo.
-¿HAY UN CASTILLO?
-Claro que hay un castillo.
Lo miré.
-¿No sabías lo del castillo?
-¡NADIE ME HABLÓ DEL CASTILLO!
La mañana entera se convirtió en un caos.
Absoluto caos.
Teléfonos sonando.
Mensajes.
Llamadas.
Videollamadas.
Personas entrando y saliendo.
A mediodía llegaron:
Camila.
Mateo.
La hermana de Edwin.
La abuela Elena.
Y dos tías que nadie había invitado.
Pero que aparecieron igual.
La sala parecía un centro de operaciones militares.
Todos daban órdenes.
Todos opinaban.
Todos gritaban.