Dicen que hay momentos que duran apenas unos minutos...
Pero permanecen en la memoria para siempre.
Momentos que una persona revive una y otra vez durante toda su vida.
Mientras esperaba detrás de las enormes puertas del lugar de la ceremonia...
Comprendí que estaba viviendo uno de ellos.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba convencida de que todos podían escucharlo.
Las manos me temblaban.
La respiración me salía entrecortada.
Y por primera vez en toda la mañana...
No era culpa de mi madre.
Era culpa de Edwin.
Porque al final del camino estaba él.
Esperándome.
Y en apenas unos minutos...
Me convertiría en su esposa.
La idea seguía pareciéndome imposible.
Hermosa.
Pero imposible.
Detrás de mí continuaba el caos.
Por supuesto.
Porque mi familia era incapaz de vivir una experiencia normal.
—¿Dónde está el ramo?
—¡Aquí!
—¿Quién movió las flores?
—¡Yo no fui!
—¿Y los pétalos?
—¡Los tiene Camila!
—¿Por qué los tengo yo?
—¡Porque nadie confía en Mateo!
Mateo levantó una mano.
—Eso me parece ofensivo.
—La última vez perdiste unos documentos importantes.
—Fue un accidente.
—Los encontraste dentro del refrigerador.
—No necesito que me recuerden mis errores.
Las damas de honor comenzaron a reír.
Y por unos segundos...
El nerviosismo desapareció.
Entonces sentí una mano sobre mi hombro.
Me giré.
Era mi padre.
Vestido elegantemente.
Más elegante de lo que jamás lo había visto.
Pero también más emocionado.
Y un poco triste.
Solo un poco.
—¿Lista?
Preguntó.
Tomé aire.
Profundamente.
Y luego lo solté.
—No.
Mi padre soltó una carcajada.
—Respuesta correcta.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Y si me tropiezo?
—Te levantarás.
—¿Y si lloro?
—Lloraremos contigo.
—¿Y si me desmayo?
—Tu madre probablemente te maquillará otra vez y te devolverá al altar.
No pude evitar reír.
Porque era exactamente algo que ella haría.
A unos metros de distancia...
Mi madre ya estaba llorando.
Otra vez.
Llevaba llorando desde las cinco de la mañana.
Y todavía le quedaban energías.
Era impresionante.
—Patricia.
Dijo mi abuela Elena.
—¿Qué?
—Si sigues llorando así te vas a deshidratar.
—No exageres.
—Llevas seis horas llorando.
—Porque mi hija se casa.
—Lo sé.
—Mi bebé se casa.
—Tiene más de treinta años.
—Siempre será mi bebé.
La abuela suspiró.
Y terminó abrazándola.
Aquella escena me hizo sonreír.
Porque de repente todo parecía perfecto.
No perfecto de revista.
No perfecto de cuento de hadas.
Perfecto para nosotros.
Con nuestras rarezas.
Con nuestras discusiones.
Con nuestro caos.
Con nuestro amor.
Entonces comenzó la música.
Suave.
Elegante.
Hermosa.
Y todo se detuvo.
Absolutamente todo.
Las conversaciones desaparecieron.
Las risas también.