El Amor No Es Como Lo Pintan.

Epílogo 2/3

Lo primero que pensé después de convertirme oficialmente en la señora de Edwin fue:

"Por fin podré sentarme."

Había llorado.

Reído.

Caminado.

Posado para fotografías.

Saludado a más personas de las que podía recordar.

Y sinceramente...

Mis pies ya estaban negociando su renuncia.

Pero claramente el universo tenía otros planes.

Porque apenas terminó la ceremonia...

Comenzó la recepción.

Y con ella...

El caos.

La decoración parecía sacada de un cuento.

Miles de luces iluminaban el lugar.

Las flores estaban por todas partes.

Las mesas brillaban.

La música llenaba el ambiente.

Y el famoso castillo que mi madre había insistido en incluir...

Sí.

Había un castillo.

Uno pequeño.

Decorativo.

Pero seguía siendo un castillo.

—No puedo creer que realmente lo consiguió.

Murmuró Edwin.

—Yo tampoco.

—Tu madre es aterradora.

—Lo sé.

—Y eficiente.

—También lo sé.

Apenas entramos...

Los invitados comenzaron a aplaudir.

Algunos gritaban.

Otros lanzaban pétalos.

Y varios familiares lloraban otra vez.

Mi madre parecía haber recuperado toda la energía que había perdido llorando.

Ahora caminaba por la recepción como una reina supervisando su reino.

—¿Quién movió esa silla?

—¿Por qué esa vela está torcida?

—¿Dónde está el fotógrafo?

—¿Alguien vio las servilletas?

—Las servilletas están bien.

Dijo mi padre.

—¿Estás seguro?

—Patricia.

—¿Qué?

—Respira.

Ella respiró.

Dos segundos.

Y volvió a buscar las servilletas.

Después llegó el primer baile.

Y de repente...

Todo volvió a sentirse real.

Porque la música cambió.

Las luces se suavizaron.

Y todos comenzaron a observarnos.

—No me gusta que me miren tantas personas.

Le susurré a Edwin.

—A mí tampoco.

—¿Podemos escapar?

—Después.

—¿Promesa?

—Promesa.

Entonces me tomó por la cintura.

Y comenzamos a bailar.

Lentamente.

Sin prisas.

Sin ruido.

Como si durante unos minutos el resto del mundo hubiera desaparecido.

Apoyé mi cabeza sobre su hombro.

Y cerré los ojos.

—Hola, esposo.

Susurré.

Sentí cómo sonreía.

—Hola, esposa.

Aquella palabra hizo que mi corazón brincara.

Esposa.

Todavía sonaba extraño.

Pero también hermoso.

—¿Te arrepientes?

Pregunté.

—Ni un poco.

—¿Ni por el mono?

—Ni por el mono.

—¿Ni por las palomas?

—Ni por las palomas.

—¿Ni por mi familia?
Silencio.

Levanté la cabeza.

—Edwin.

—Estoy pensando.

—EDWIN.

Él comenzó a reír.

Y yo terminé golpeándolo suavemente en el brazo.

Los invitados aplaudieron cuando terminó la canción.

Y entonces...

Llegó el turno de los discursos.

Error.

Grave error.

Porque nadie debió darle un micrófono a Mateo.

Nadie.

Mateo subió al escenario.




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