El Amor No Es Como Lo Pintan.

Epílogo 3/3

Existe una regla no escrita en mi vida.

Una regla que ya debería haber aprendido.

Una regla simple.

Muy simple.

Nunca interactúes con animales durante momentos románticos.

Jamás.

Porque siempre termina mal.

Siempre.

Primero fueron las palomas.

Luego el mono enamorado.

Después un perro callejero que decidió acompañarnos durante una cita completa.

Y ahora...

Bueno.

Ahora era el turno de unas aves gigantes.

Todo había comenzado de forma maravillosa.

Sorprendentemente maravillosa.
El tercer día de nuestra luna de miel amaneció soleado.

El mar parecía una postal.

La brisa era perfecta.

Y por primera vez desde que llegamos...

No había desaparecido ninguna maleta.

Era un gran avance.

Aquella mañana contratamos un paseo en barco.

Uno tranquilo.

Romántico.

Hermoso.

O al menos esa era la idea.

Edwin llevaba gafas de sol.

Yo un sombrero enorme.

Y ambos estábamos disfrutando del paisaje.

—Esto sí es relajante.

Dije.

—No digas eso.

Respondió Edwin.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que dices algo así ocurre una tragedia.

Lo pensé unos segundos.

—Tienes razón.

Seguimos navegando.

Y durante aproximadamente treinta minutos...

Todo fue perfecto.

Demasiado perfecto.

Lo cual debió preocuparme.

Cuando llegamos a una pequeña playa paradisíaca...

El capitán nos permitió bajar para caminar un rato.

Arena blanca.

Agua cristalina.

Palmeras.

Silencio.

Parecía un sueño.

Y entonces apareció el vendedor.

Un hombre muy amable que ofrecía pequeños paquetes de comida para alimentar aves marinas.

Debí decir que no.

Debí alejarme.

Debí escuchar la voz de la experiencia.

Pero no.

Porque claramente no aprendo.

—Mira qué lindas.

Le dije a Edwin.

Él observó las aves.

Luego me observó a mí.

Y suspiró.

—No.

—¿Qué?

—No las alimentes.

—¿Por qué?

—Porque te conozco.

—No pasará nada.

—Eso mismo dijiste antes del mono.

Ignoré aquel comentario.

El peor error de mi vida.

Compré la bolsita.

Y lancé un pequeño pedazo de comida.

Una ave se acercó.

Luego otra.

Y otra.

Y otra más.

—Qué bonitas.

Dije sonriendo.

Edwin comenzó a retroceder.

—Dayanara.

—¿Sí?

—Creo que son demasiadas.

Miré alrededor.

Y efectivamente...

Ya no eran cuatro.

Ni cinco.

Ni diez.

Había aproximadamente treinta.

TREINTA.

Y todas me estaban observando.

—Oh.

—Exacto.

Dijo Edwin.

—Oh.

Pensé que si dejaba de alimentarlas...

Se irían.

Qué ingenua.

Porque en cuanto guardé la bolsita...

Las aves decidieron que claramente yo era la responsable del suministro oficial de comida.

Y comenzaron a seguirme.

Todas.

Al mismo tiempo.

—Edwin.

—Sí.




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