Existe una enorme diferencia entre amar a alguien...
Y vivir con esa persona.
Una diferencia gigantesca.
Colosal.
Monumental.
Porque cuando sales con alguien...
Ves su mejor versión.
Cuando te casas...
Descubres cosas.
Muchas cosas.
Cosas que nadie te advierte.
Yo descubrí la primera durante nuestra primera semana de casados.
Y sinceramente...
No estaba preparada.
Todo comenzó un lunes por la mañana.
Nuestro primer lunes como matrimonio.
Me desperté temprano.
Muy temprano.
Porque años de trabajo me habían acostumbrado.
Abrí los ojos.
Miré a Edwin.
Seguía dormido.
Sonreí.
Porque verlo dormir todavía me parecía tierno.
Hasta que escuché un ruido extraño.
Un pequeño sonido.
Crunch.
Parpadeé.
Crunch.
Me incorporé lentamente.
Y entonces lo vi.
Sobre la mesa de noche de Edwin.
Había una bolsa de galletas.
Una bolsa abierta.
Con migas.
Muchas migas.
MIGAS.
Por todas partes.
Lo observé.
Luego observé las migas.
Luego lo observé otra vez.
—No puede ser.
Murmuré.
Cuando finalmente despertó...
Lo primero que hice fue señalar la evidencia.
—Explícate.
Él miró las galletas.
Y sonrió.
—Ah.
—¿"Ah"?
—Sí.
—¿ESO ES TODO?
—¿Qué pasa?
Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo.
—¿Comes galletas en la cama?
Silencio.
—A veces.
—EDWIN.
—¿Qué?
—¡HAY MIGAS EN TODAS PARTES!
—Son pequeñas.
—¡NO ES EL PUNTO!
Comenzó a reír.
Yo no.
Bueno...
No al principio.
Aquello fue solo el comienzo.
Porque durante esa misma semana...
Descubrí más cosas.
Muchas más cosas.
Por ejemplo:
Edwin hablaba solo.
Constantemente.
Mientras cocinaba.
Mientras limpiaba.
Mientras buscaba algo.
—¿Dónde están las llaves?
—No sé, Edwin.
—No te preguntaba a ti.
—Entonces ¿a quién?
—A mí mismo.
Era inquietante.
Muy inquietante.
También descubrí que tenía una costumbre extrañísima.
No cerraba los gabinetes.
Jamás.
Entraba a la cocina.
Abría un gabinete.
Sacaba algo.
Y lo dejaba abierto.
Luego otro.
Y otro.
Y otro.
Hasta que la cocina parecía una exposición de puertas abiertas
.
Una tarde entré.
Y encontré seis gabinetes abiertos.
SEIS.
—¿Qué pasó aquí?
Pregunté.
—¿Qué quieres decir?
Señalé alrededor.
—Parece que alguien registró la cocina.
Miró los gabinetes.
—Ah.
—¡DEJA DE DECIR "AH"!
Pero la peor revelación llegó un viernes.
Aquella noche decidimos ver una película.
Algo tranquilo.
Romántico.
Perfecto.
Nos acomodamos en el sofá.