El Amor No Es Como Lo Pintan.

Capítulo Especial 2/3

Aquella noche casi no dormí.

Cada vez que cerraba los ojos...

Pensaba en la prueba.

Y cada vez que pensaba en la prueba...

Me ponía nerviosa.

Mucho más nerviosa.

Al final terminé despertándome antes del amanecer.

La casa estaba completamente en silencio.

Edwin seguía dormido.

Lo observé durante unos segundos.

Con el cabello despeinado.

Abrazando una almohada.

Y ocupando mucho más espacio del que una sola persona debería ocupar en una cama.

Sonreí.

Luego miré hacia la mesita de noche.

Donde había dejado la caja.

Y sentí un nudo en el estómago.

Era el momento.

Tomé aire.

Y me levanté.

Los siguientes minutos pasaron como una especie de sueño extraño.

Todo parecía lento.

Demasiado lento.

Mis manos temblaban.

Mi corazón latía tan fuerte que estaba convencida de que podía escucharlo.

Y cuando finalmente terminé...

Me quedé mirando.

Esperando.

Un minuto.

Dos.

Tres.

El tiempo parecía haberse detenido.

Hasta que apareció el resultado.

Lo observé.

Y me quedé inmóvil.

Completamente inmóvil.

Porque allí estaban.

Dos líneas.

Dos líneas perfectamente visibles.

Dos líneas que cambiaban todo.

—Oh...

Fue lo único que logré decir.

Me senté lentamente.

Sin apartar la mirada.

Dos líneas.

Positivo.

Sentí una mezcla imposible de emociones.

Alegría.

Miedo.

Sorpresa.

Incredulidad.

Felicidad.

Todo al mismo tiempo.

Porque aunque mi madre llevaba días diciendo que estaba embarazada...

Una parte de mí seguía convencida de que estaba exagerando.

Pero ahora...

Ahora estaba allí.

Frente a mí.

Real.

Llevé una mano a mi boca.

Y las lágrimas comenzaron a aparecer.

No lágrimas de tristeza.

Ni de preocupación.

Simplemente lágrimas de emoción.

Porque mi vida acababa de cambiar otra vez.

Y esta vez de una manera enorme.

Instintivamente apoyé una mano sobre mi abdomen.

Todavía no había ningún cambio visible.

Nada.

Y sin embargo...

Todo era diferente.

Todo.

Escuché movimiento en la habitación.

Edwin.

Mi corazón volvió a acelerarse.

Porque de pronto apareció una nueva pregunta.

¿Cómo iba a decírselo?

La puerta se abrió.

Y apareció él.

Todavía medio dormido.

—Buenos días.

Murmuró.

Yo levanté la vista.

Y rápidamente escondí la prueba detrás de mí.

—Buenos días.

Frunció el ceño.

—¿Por qué estás despierta tan temprano?

—No podía dormir.

—¿Y por qué estás llorando?
Maldita sea.

Me limpié las lágrimas.

—No estoy llorando.

—Dayanara.

—Un poquito.

Se acercó inmediatamente.

Porque así era Edwin.

Siempre se preocupaba.

—¿Qué pasó?

Preguntó suavemente.

Y de repente...

No supe qué decir.

Porque aquella noticia era demasiado grande para salir en una frase cualquiera.

Demasiado importante.

Lo miré.

Y él me miró a mí.

Esperando.

Sin imaginar que en los siguientes segundos iba a recibir una de las noticias más importantes de su vida.

Y mientras intentaba encontrar las palabras correctas...

Una idea comenzó a formarse en mi cabeza.

Tal vez...

Tal vez no quería decírselo de cualquier manera.

Tal vez quería que aquel momento fuera especial.

Inolvidable.

Porque si había algo que Edwin merecía...

Era eso.

Así que respiré profundamente.

Y sonreí entre lágrimas.

—Todo está bien.

Él parecía confundido.

Muy confundido.

—¿Segura?

Asentí.

—Sí.

Por ahora.

Porque dentro de mí ya guardaba el secreto más hermoso que había tenido jamás.

Y muy pronto...

También sería suyo.

Guardar el secreto durante una hora fue difícil.

Guardarlo durante una mañana completa fue una hazaña.

Pero intentar ocultarlo de mi familia...

Eso era una misión imposible.

Especialmente porque cometí el error de llamar a mi madre.

Sí.

Lo sé.

Fue una mala decisión.

Una decisión terrible.

Pero estaba emocionada.

Nerviosa.

Feliz.

Asustada.

Y necesitaba hablar con alguien.

Así que llamé.

Apenas contestó...

Ni siquiera la saludé.

—Mamá.

—¿Sí?

—Tenías razón.

Hubo un silencio.

Exactamente dos segundos.

Y después...

El grito.

Un grito tan fuerte que tuve que alejar el teléfono del oído.

—¡¡¡LO SABÍA!!!

—Mamá.

—¡¡¡LO SABÍA!!!

—Mamá.

—¡¡¡YO SABÍA QUE ESTABA EMBARAZADA!!!

—MAMÁ.

—¿Ves? ¿VES? Nadie confía en mí.

Tuve que esperar casi cinco minutos para que recuperara la calma.

Cinco.

Minutos.

Cuando finalmente se tranquilizó...

Cometí mi segundo error.

—Pero no le digas a nadie.

Silencio.

—Claro.

Dijo.

Demasiado rápido.

Demasiado inocente.

Demasiado sospechoso.

—Mamá.

—¿Sí?

—No le digas a nadie.

—No voy a decir nada.

—Lo digo en serio.

—Dayanara.

—¿Sí?

—Soy una mujer adulta.

Debí preocuparme.

Porque cada vez que mi madre decía eso...

Terminaba ocurriendo una catástrofe.

Dos horas después sonó mi teléfono.

Era Camila.

Contesté.

—Hola.

—¿CUÁNTO TIEMPO PENSABAS OCULTARMELO?

Cerré los ojos.

—Mamá.

—Mamá.

Confirmó Camila.

—Mamá.

—Definitivamente mamá.

—Voy a matarla.

—Haz fila.

Dijo Camila.

—¿Quién más lo sabe?

Silencio.

—Camila.

—Mateo.

—¡CAMILA!

—No fui yo.

—¿Entonces quién?

—Tu madre.

Por supuesto.




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