Si alguien me hubiera preguntado cuánto tiempo tardaría mi familia en empezar a discutir nombres para el bebé...
Habría dicho una semana.
Tal vez unos días.
Quizás después de la primera consulta médica.
Me habría equivocado.
Muchísimo.
Porque la discusión comenzó exactamente...
Tres minutos después de que Edwin descubriera que iba a ser padre.
Tres.
Minutos.
—Si es niña debería llamarse Sofía.
Dijo mi madre.
—¿Por qué?
Pregunté.
—Porque siempre me ha gustado, además así se llama tu cuñada.
—Eso no significa nada.
—Significa mucho.
—Yo voto por Valentina.
Dijo Camila.
—Yo voto por dinosaurio.
Dijo Mateo.
Toda la sala quedó en silencio.
—¿Qué?
Preguntó Mateo.
—No puedes ponerle dinosaurio a un bebé.
Dijo Edwin.
—¿Y si quiere llamarse así?
—Mateo.
—Solo estoy considerando todas las posibilidades.
La abuela Elena comenzó a reír.
Mi padre decidió participar.
Error.
Grave error.
—Si es niño debería llamarse como yo.
—No.
Respondimos todos al mismo tiempo.
—Ni siquiera escucharon el nombre.
—No importa.
Dijo Camila.
—No.
Mi padre parecía ofendido.
Muchísimo.
—Es un excelente nombre.
—Papá.
—¿Qué?
—Tu segundo nombre es Heriberto.
Toda la sala explotó en carcajadas.
Mi padre intentó defenderse.
No lo logró.
Mientras tanto...
Edwin permanecía sentado junto a mí.
Con una sonrisa que no desaparecía.
Una sonrisa enorme.
La sonrisa de alguien que todavía no terminaba de creer lo que estaba pasando.
De vez en cuando apoyaba una mano sobre la mía.
Y me miraba.
Como si necesitara comprobar que aquello era real.
Y sinceramente...
Yo sentía exactamente lo mismo.
La conversación continuó.
Y rápidamente se convirtió en una batalla campal.
—Isabella.
—No.
—Mateo.
—Ya existe un Mateo.
—Mateo Junior.
—NO.
—Victoria.
—Daniel.
—Emma.
—Gabriel.
—Samuel.
—Julieta.
—Luna.
—Federico.
Dijo Edwin.
Silencio.
Lo miré.
Camila lo miró.
Mi madre lo miró.
Hasta la abuela Elena lo miró.
—¿Federico?
Pregunté.
—Sí.
—¿Por el flamenco?
—Por el flamenco.
La sala completa estalló en carcajadas.
—Ni siquiera está en discusión.
Dije.
—Qué injusticia.
—Nuestro hijo no llevará el nombre de un flamenco.
—Todavía lo estoy procesando.
Mateo levantó una mano.
—Yo apoyo a Federico.
—Claro que sí.
Respondió Camila.
—La historia recordará que intenté ayudar.
La historia definitivamente no lo recordaría.
Horas después...
Cuando finalmente todos se marcharon...
La casa quedó en silencio.
Un silencio extraño.
Porque después de toda aquella emoción...
Después de las lágrimas.
Después de las risas.
Después de la guerra de los nombres.
Todo parecía tranquilo de nuevo.
Edwin y yo nos sentamos en el sofá.
Cansados.
Felices.
Y todavía un poco abrumados.
—¿Cómo te sientes?
Preguntó.
Lo pensé unos segundos.
—Feliz.
—Yo también.
—Y aterrada.
—Yo también.
Nos reímos.
Porque al menos en eso seguíamos coincidiendo.
Edwin tomó mi mano.
Y la llevó lentamente hasta mi vientre.
Todavía no había cambios visibles.
Todavía era muy pronto.
Pero aun así...
Aquello ya significaba algo.
Muchísimo.
—Hola.
Dijo suavemente.
Parpadeé.
—¿Le estás hablando al bebé?
—Sí.
—Todavía no puede escucharte.
—No importa.
Y entonces sonrió.
Aquella sonrisa.
La misma sonrisa de la que me enamoré.
—Hola.
Repitió.
—Soy tu papá.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas otra vez.
Porque en ese instante...
Por primera vez...
Edwin realmente parecía un padre.
Y era la imagen más hermosa que había visto en toda mi vida.
La primera consulta médica de mi embarazo estaba programada para las nueve de la mañana.
Nueve.
De la mañana.
Una cita sencilla.
Tranquila.
Solo Edwin y yo.
O al menos ese era el plan.
Porque claramente olvidé quién era mi familia.
Todo comenzó la noche anterior.
Cuando mi madre llamó.
Por supuesto que llamó.
—¿A qué hora es la consulta?
Preguntó.
—A las nueve.
—Perfecto.
Aquella respuesta me puso nerviosa.
—¿Por qué perfecto?
—Por nada.
Mentía.
Horriblemente.
—Mamá.
—¿Sí?
—No hagas nada raro.
—¿Cuándo he hecho algo raro?
Me quedé en silencio.
Ella también.
—Buenas noches.
Dijo antes de colgar.
Eso me preocupó aún más.
A la mañana siguiente...
Edwin y yo salimos temprano.
Él estaba emocionado.
Muy emocionado.
Más de una vez lo sorprendí sonriendo solo.
—¿Por qué sonríes?
Pregunté.
—Porque voy a conocer oficialmente a nuestro bebé.
Mi corazón hizo una pirueta.
—Todavía es muy pequeñito.
—No importa.
Y volvió a sonreír.
Era adorable.
Llegamos a la clínica.
Y durante unos segundos pensé que todo iba a salir bien.
Qué ingenua.
Porque al entrar al estacionamiento...
Reconocí un automóvil.
Luego otro.
Y otro.
Y otro más.
—No.
Susurré.
—¿Qué pasa?
Preguntó Edwin.
—No.
—Dayanara.
—NO.
Salí del auto.
Y corrí hacia la entrada.
Esperando estar equivocada.
No lo estaba.
Porque al abrir la puerta...
Los encontré.
Todos.
ABSOLUTAMENTE TODOS.
Mi madre.