El Amor Profundo

SECRETOS AL AIRE LIBRE

CAPÍTULO 5

PILOTO
(mirando hacia atrás desde la cabina del avión pequeño)
Señora Sánchez, señor Vidal –en unos diez minutos llegaremos a la pista de aterrizaje en Puerto Maldonado. Prepárense para un aterrizaje un poco brusco, el viento está levantado.
VALERIA
(agarrándose el cinturón)
Entendido, muchas gracias.
MATEO
(mirando por la ventana hacia la selva verde que se extendía a sus pies)
No he vuelto a esta zona desde que era niño. Mi padre me trajo una vez para cerrar un trato con una empresa maderera.
VALERIA
(con voz seria)
Supongo que no fue un trato limpio.
MATEO
(volviendo la mirada a ella)
Ninguno de los tratos de mi padre eran limpios. Eso es parte de lo que quiero cambiar. (Haciendo una pausa) ¿Segura que querías venir conmigo? Podrías haber mandado a alguien más de la fundación.
VALERIA
Necesito ver con mis propios ojos cómo va el proyecto. Y además, necesitamos hablar –sin interrupciones, sin que nadie nos escuche. (Mirándolo fijamente) En Lima, siempre hay alguien vigilándonos.
MATEO
Tienes razón. Aquí en la selva, al menos podemos tener algo de privacidad. Aunque no estoy seguro de que sea un lugar seguro para nosotros.
El avión descendió lentamente, atravesando una capa de nubes hasta que apareció la pequeña pista de tierra en medio de la selva. El aterrizaje fue realmente brusco, haciendo que ambos saltaran en sus asientos. Cuando el avión se detuvo completamente, un hombre alto y delgado con una camisa de manga corta y pantalones de mezclilla se acercó a la puerta.
JOSÉ
(con una amplia sonrisa)
¡Directora Sánchez! ¡Señor Vidal! Bienvenidos a Puerto Maldonado. Soy José Márquez, coordinador del proyecto en esta zona.
VALERIA
(abrazándolo)
José, qué gusto verte. ¿Cómo van las cosas por aquí?
JOSÉ
Va todo bien, directora. Hemos terminado el sistema de tuberías en tres comunidades ya. La gente está muy contenta –por primera vez en años tienen agua limpia en sus casas. (Apretando la mano a Mateo) Señor Vidal, gracias por todo lo que ha hecho por nosotros. Sin su ayuda, esto no habría sido posible.
MATEO
(con modestia)
No es nada. Solo estoy haciendo lo correcto.
JOSÉ
Bueno, vamos a la comunidad de Santa Rosa –es la más cercana, y allí podrán ver el sistema en funcionamiento. Mi camioneta está esperando allá afuera.
Subieron a la camioneta blanca que estaba aparcada a un lado de la pista. El camino hacia la comunidad era un sendero de tierra lleno de baches y piedras, haciendo que la camioneta temblara con cada paso. Valeria se apoyó en la ventana, admirando la belleza de la selva –los árboles altos que se cruzaban por encima del camino, los colores vibrantes de las flores silvestres, los pájaros exóticos que volaban de rama en rama. Pero también sabía que esta belleza estaba en peligro –las empresas mineras y madereras estaban cada vez más cerca, listas para destruirla en busca de ganancias.
VALERIA
(mirando hacia José)
¿Han habido problemas con las empresas vecinas?
JOSÉ
(frunciendo el ceño)
Algunas amenazas, nada más. Hace dos semanas aparecieron unos hombres en la comunidad de San Juan –dijeron que si seguíamos con el proyecto, iban a tener problemas. Pero no hemos hecho caso –la gente necesita este agua.
MATEO
(con voz seria)
¿Has informado a las autoridades?
JOSÉ
¿Las autoridades? (riendo amargamente) Señor Vidal, aquí las autoridades trabajan para las empresas, no para la gente. Nosotros nos defendemos solos.
Cuando llegaron a la comunidad de Santa Rosa, fueron recibidos por una multitud de hombres, mujeres y niños que les esperaban en la plaza principal. Las mujeres llevaban coronas de flores, los niños llevaban carteles con mensajes de agradecimiento. Valeria sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas –esta era la razón por la que hacía su trabajo, esta era la recompensa que valía más que cualquier premio o reconocimiento.
ABUELA ROSA
(acercándose a Valeria con paso lento pero firme)
Hija mía, ven aquí. (Abrazándola) Gracias, gracias por no olvidarnos. Por años hemos bebido agua sucia, hemos visto a nuestros hijos enfermarse. Ahora por fin podemos vivir en paz.
VALERIA
(con voz emocionada)
No tienes que agradecerme a mí, abuela Rosa. Es todo el equipo de la fundación, y también el señor Vidal –él ha ayudado mucho con los recursos.
ABUELA ROSA
(mirando a Mateo con curiosidad)
¿Es usted el señor que nos ha ayudado? (Apretándole la mano) Que Dios se lo pague, joven. La buena acción siempre tiene su recompensa.
MATEO
(conmovido)
Gracias, señora. Solo espero haber hecho lo suficiente.
Después de la bienvenida, José.




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