Querido Rafael:
No sé en qué parte del mundo estés mientras escribo esto, o si aún conservas esa sonrisa que hacía que mis mañanas de escuela fueran menos pesadas si esa sonrisa que fue una de las causantes que hizo que yo me enamorara de ti. Te escribo porque guardé silencio durante demasiado tiempo y creo que ha llegado el momento de dejar las palabras salir.
Hoy me detuve a pensar en el tiempo y en lo rápido que se escapa entre los dedos. Han pasado ya cuatro años desde la última vez que te vi; yo tenía apenas once años cuando nos despedimos sin saber que sería la última vez que nos veríamos. Ahora que tengo quince años, miro hacia atrás y me doy cuenta de que fuiste la primera persona que pintó de colores mi mundo cuando yo aún no entendía nada sobre el amor.
Te escribo porque necesito decirte todo lo que mi timidez de niña enterró bajo silencios. Quería que supieras cuánto te admiraba. Te veía resolver aquellos problemas de matemáticas con tanta facilidad, mientras yo me quedaba atrapada en los números, pero lo más bonito no era el resultado, sino cómo te acercabas a ayudarme. Aquellos momentos en los que nuestras cabezas se juntaban sobre el cuaderno para descifrar una ecuación son recuerdos que guardo como tesoros. En esos instantes, el examen no importaba, solo importaba que estábamos juntos.
¿Te acuerdas de la obra de teatro de la escuela? Me río sola al recordarlo. Yo era una simple nube y tú eras una pared. No eran los papeles más glamurosos del mundo, pero para mí, estar ahí contigo lo era todo. Me sentía segura porque estabas cerca, mientras nos reíamos el uno del otro en el escenario porque no nos parecíamos a una nube y aúna pared. Esos pequeños fragmentos de nuestra infancia, desde las risas en el recreo hasta tu forma tan amable de tratar a los demás ayudarnos a todos sin pedir nada a cambio solo mostrando tu dulce sonrisa, hicieron que yo quisiera ser una mejor persona. Quería ser inteligente, graciosa y valiente y quería ayudar a los demás justo como tú.
Perdona por nunca haber tenido el valor de decirte lo que sentía. El miedo a romper la magia de nuestra amistad me mantenía callada, pero mi corazón siempre gritó tu nombre en secreto. Hoy, a mis quince años, puedo decirte que me va muy bien. He conocido a nuevos amigos y he crecido mucho. Incluso he conocido a alguien más; él es la persona de la que ahora estoy enamorada y quien me hace sentir que es momento de cerrar esta pequeña historia. Por eso, he decidido que es hora de soltarte y dejarte ir.
Siempre estaré agradecida por haberte conocido. Gracias por haberme hecho abrirme a la idea del amor de la manera más dulce posible. Te guardaré siempre en un sobre que llevara tu nombre por que aún no soy lo suficientemente valiente como para enviártelo, siempre te tendré mucho cariño y admiración y siempre recordaré esos momentos donde siempre seremos esos niños que resolvían dudas y compartían escenarios, fuiste mi primer concepto de amor, y por eso, siempre tendrás un lugar en mi historia.
Gracias por todo, Rafael.
Atentamente,
La niña que siempre se sentaba junto a ti.
#4996 en Novela romántica
#303 en Joven Adulto
amor amistad, amor decisiones dolorosas, amor decepción un nuevo amor
Editado: 23.04.2026