¿Por qué los sentimientos que una vez fueron tan persistentes, en un momento dado, simplemente se desvanecen? Me lo he preguntado muchas veces frente al espejo. ¿Es por culpa del tiempo o es que el afecto simplemente tiene una fecha de caducidad?He llegado a la conclusión de que el afecto no se acaba de golpe, sino que se diluye. El tiempo no es solo un calendario colgado en la pared, es un río constante de nuevas caras, de voces diferentes y de preocupaciones distintas que van empujando lo que antes creíamos inolvidable. El tiempo es como el sol sobre una fotografía olvidada en una ventana; poco a poco los colores desaparecen hasta que solo queda el borde, y la imagen de esa persona que en un momento fue nuestro todo, ahora se vuelve borrosa, casi irreconocible.El amor se alimenta de detalles vivos: de la forma en que alguien se ríe en el momento justo, del tono de su voz al decir tu nombre o de cómo te mira cuando no te das cuenta. Al pasar los años sin ver a Rafael, mi memoria se quedó sin "comida". Empecé a recordar solo el "concepto" de él, pero olvidé el "sentimiento" real. El tiempo es un filtro despiadado; se queda con los nombres en la lista, pero se lleva la calidez de los abrazos y el brillo de las miradas. Lo que antes era un incendio forestal en mi pecho, se convirtió gradualmente en una pequeña brasa de nostalgia que solo se encendía de vez en cuando, como un eco lejano.Al empezar la secundaria, mi mundo cambió de escala. Seguía siendo la misma chica tímida de siempre, esa que prefería observar desde la esquina del salón, pero la soledad ya no era mi única compañía. Ahora era parte de un grupo, mi refugio seguro. Lo conformábamos mi amiga Mary, la mayor de 13 años; Mili, también de 13; Greyci de 12 y yo, que apenas tenía 11 años y cargaba una mochila llena de dudas. Juntas empezamos a navegar por los pasillos ruidosos de la escuela y, sin darme cuenta, ellas se volvieron mi vida y mi familia elegida.Fue en ese torbellino de nuevas amistades, de secretos compartidos en el recreo y de risas nerviosas antes de una exposición, donde comprendí que el tiempo no borra los sentimientos con una goma, sino que los cubre con capas de vida nueva. El afecto hacia Rafael no murió por una traición, sino por una evolución necesaria. El afecto se desvanece cuando la presencia deja de alimentar la esperanza. Me di cuenta de que ya no lo extrañaba a él como persona, sino que extrañaba la calidez de cómo me sentía yo cuando estaba a su lado. Aun así, había noches en las que su recuerdo volvía en forma de preguntas al aire: ¿Cómo estará? ¿Le estará yendo bien? ¿Aún me recordará? Espero que sí, que me guarde en un rincón de su memoria así como yo guardo nuestros momentos de niños.Entre tareas agotadoras, exámenes que parecían el fin del mundo, exposiciones frente a toda la clase y charlas infinitas sobre el futuro, el reloj no se detuvo. De pronto, ya estábamos en tercero de secundaria. Ese año no fue uno más; llegó cargado de cambios profundos, nuevas metas y, sobre todo, la llegada de alguien nuevo. Un nombre que empezó a resonar con fuerza y una presencia que, sin que yo pudiera evitarlo, empezó a reclamar el espacio que el tiempo le había robado a Rafael.
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