A medida que Brandon se volvía una constante en mis días, una sombra de duda empezó a crecer en mi mente: nuestra edad. Él ya tenía dieciocho años y yo apenas iba a cumplir los dieciséis. En el mundo de los adultos, esos casi tres años no son nada, una cifra insignificante que se pierde en la rutina; pero en la secundaria, esos tres años se sentían como un océano profundo e imposible de cruzar.
Él ya estaba en el umbral de la vida real, caminaba con esa seguridad de quien ya no le teme a los pasillos del colegio ni a las miradas de los profesores. Mientras tanto, yo todavía me sentía como una niña tratando de encajar, luchando con mis propias inseguridades y con un uniforme que parecía recordarme a cada paso mi propia inmadurez.
Un día, mientras el sol de la tarde se filtraba por las ventanas del salón y el ruido de los demás compañeros se sentía lejano, me armé de valor para hacerle la pregunta que me quitaba el sueño. Estábamos a punto de terminar el cuarto año para pasar al quinto, el último escalón antes de la libertad, y mi mente ya estaba proyectando escenarios donde no tuviera que perderlo.
—Después de terminar la secundaria, ¿a qué universidad piensas ir, Brandon? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas.
En mi cabeza, yo ya había trazado un plan. En la universidad yo tendría diecisiete, casi dieciocho; prácticamente sería una adulta ante los ojos del mundo. Pensaba que, en ese entorno nuevo, finalmente tendría el valor de confesarle mis sentimientos sin miedo a ser rechazada por mi edad. Sin embargo, su respuesta fue como un balde de agua fría que apagó mis fantasías de golpe.
—No lo sé... además, aún queda mucho para pensarlo después. Así que tú tampoco deberías pensarlo tanto, pequeña Sami —dijo, soltando una pequeña risa mientras me acariciaba el cabello con una familiaridad que me dolió más que cualquier insulto.
Todos mis amigos me llamaban Sami, pero que él lo usara junto a la palabra "pequeña" me hizo sentir diminuta. En ese gesto, comprendí que él me miraba como una hermana menor, como una protegida a la que había que cuidar, pero nunca como un prospecto para novia. Sus dedos entre mi cabello, que en otro momento me habrían hecho vibrar, ahora solo me recordaban el muro que nos separaba. Aun así, oculté mi decepción tras una máscara de obediencia; mis labios formaron una sonrisa fingida y solo asentí, guardando el dolor en ese sobre imaginario donde ya empezaba a acumularse la melancolía por Brandon.
Finalmente, llegó el último día de clases. El ambiente estaba cargado de esa mezcla de euforia y nostalgia que precede a las vacaciones, pero para mí, el aire se sentía pesado. Me sentía ansiosa, con un nudo en el estómago, como si mi instinto supiera que algo malo iba a pasar, o peor aún, que algo importante se nos estaba escapando de las manos.
Miraba a Brandon reírse con los demás, viendo cómo se despedía de los pasillos que ya no recorrería más de la misma forma. Si hubiera sabido en ese momento lo grande que sería el vacío que vendría después, si hubiera entendido lo mucho que me iba a marcar ese silencio y cuánto lamentaría el resto de mi vida no haber sido más valiente... quizás ese último día habría sido diferente. Pero me quedé callada, dejando que el "hubiera" empezara a echar raíces en mi pecho, marcando el inicio de un arrepentimiento que me acompañaría por años.
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Editado: 24.04.2026