Aquella mañana, el amor despertó sin sobresaltos. Se desperezó despacio, dio un par de vueltas en la cama y remoloneó unos minutos más. Apagó el despertador y se dejó envolver por el olor a café y a tostadas que llegaba desde la cocina. Luego, sin hacer ruido, se escapó por la ventana entreabierta.
Sobrevoló la ciudad saludando a quienes encontraba a su paso, que no eran muchos. Era temprano y, además, festivo. Las calles aún no habían terminado de estirarse, y los árboles, medio desnudos, dejaban caer las últimas hojas de un invierno recién estrenado