El amor se había ido de casa porque quiso. Sentía curiosidad por descubrir cosas nuevas, por seguir aprendiendo, por vivir otras experiencias. Tenía unas ganas desbordadas de conocer mundo, de encontrarse con otros, de hacerse notar. Le movía un afán casi ingenuo de protagonismo y una ignorancia profunda que, en su caso, se confundía con inocencia.
No sabía que hay quienes no se dejan querer. Ni siquiera sospechaba que existen personas incapaces de quererse a sí mismas. Ignoraba que, ahí fuera, hace frío. Que no siempre sería bien recibido. Que la vida, empeñada en parecer fuerte, a veces se disfraza de dureza y puede engañar incluso al propio amor con emociones que él jamás imaginó sentir.