Estaba sentada en un banco del parque, con la mirada perdida en ninguna parte, absorta en sus pensamientos. La tristeza estaba triste —profundamente triste—, aunque al amor le costara entender que algo así pudiera existir. Cuando ella alzó la vista, apenas lo justo que le permitió el peso de la pena, sus ojos se encontraron. Y entonces, una lágrima brotó lentamente.
Al instante, el amor se enamoró de ella.