Hablaron durante horas. Se daban y se quitaban la razón, se consolaban, discutían, se enfadaban. A ratos rozaban la felicidad; a ratos se perdían en el desencuentro. Y, aun así, había algo en ellos que encajaba.
A la conversación se fueron sumando otras presencias:
La rabia
La melancolía
La ternura
La ira
La frustración
La locura
El deseo
La pasión
La contradicción…
Aquello parecía una tertulia sin orden ni guía, como si un nudo en la garganta intentara moderar voces que no querían ser calladas.
No fue fácil convencer a la tristeza de que se levantara y diera un paseo. Estaba demasiado ocupada lamentándose. Pero al final cedió. Era difícil rechazar la invitación de alguien que la miraba con tanta dulzura.