Porque, ¿cómo no querer a quien te quiere sin condiciones?
¿Cómo negar esa extraña victoria que se siente cuando alguien te elige tal como eres?
¿Cómo seguir estando mal cuando alguien se queda, cuando alguien insiste, cuando alguien te espera?
El amor también dudó. No comprendía del todo cómo se podía amar y, aun así, seguir triste. Le costaba aceptar que, a veces, las personas renuncian a quererse… incluso a él.
Pero hay cosas que compensan: el olor a café y a tostadas, una calle vestida de fiesta, una cama donde acurrucarse, una ventana entreabierta por la que escapar si hace falta… Volar entre hojas secas, sobre bancos de parque y árboles que nunca duermen.
Y así, el amor y la tristeza, tomados de la mano, decidieron compartir espacio, tiempo y vida.
Al llegar al portal de su nuevo hogar, encontraron a la soledad, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. La invitaron a subir con ellos, pero prefirió quedarse fuera. No quería estropear nada. O quizá sabía que no hacía falta entrar para estar presente.